| La
educación de los hijos
- ¿Deberíamos amar sin límites
a nuestros hijos?
- ¿Afecto y disciplina son antagónicos?
- ¿La familia siempre educa?
- ¿No podremos ser comparsas o amigos
de nuestros hijos?
- ¿Es imposible que en casa se porten
bien?
- Resumen de las características de cada
edad
Los pediatras no somos técnicos en educación, pero
dentro de nuestros objetivos está la mejora de la salud mental
de nuestros niños y sus familias. Por ello nos atrevemos
a proponer algunos aspectos quizá conflictivos sobre la educación
cotidiana en familia.
Si en nuestra vida todo tiene sus límites,
Y cualquier fluido se deforma sin su contenedor.
Y bebemos mejor cuando hay un vaso,
Comemos mejor cuando hay un plato,
Amamos mejor cuando hay respeto,
Y educamos mejor cuando sabemos aguantar nuestras iras.
Deberemos enseñar a nuestros hijos lo mejor, es decir:
A aguantar sus iras, sin esperar a que de mayores sean inaguantables.
A respetarnos, dentro de los límites y el estilo con que
nosotros vivimos.
A comer en su plato y beber en su vaso.
A pesar de que limitarles a veces nos resulte frustrante, y prefiriéramos
estar siempre jugando con ellos, si les deseamos el mejor de los
futuros tal vez no nos quede otro remedio.
Puede parecer que afecto signifique proximidad y complicidad. Y
que disciplina signifique distancia y dureza. Pero sin autodisciplina
nadie puede conseguir sus objetivos. La autodisciplina nos ayuda
a madurar y a ser felices, a conocer nuestros propios límites,
y por ello a comprender los límites de los demás.
Eso nunca es malo: ayuda a convivir
El entorno familiar va troquelando los aspectos básicos
de la personalidad y de la respuesta social. Cuando niños,
hablamos, nos movemos y gesticulamos como lo hacen nuestros padres.
El problema del "saber educar" algunos padres pueden
vivirlo como un conflicto entre espontaneidad y racionalidad: ¿educamos
como nos sale, o mejor intentamos ir aprendiendo y mejorando?
Es importante ir comprobando como los hijos aprenden de lo que
ven. Si pretenden algo y se les niega, insisten de forma impertinente
y entonces lo consiguen...han aprendido que mediante la impertinencia
consiguen su objetivo.
Si siempre respondemos igual, negando y luego dejándonos
vencer, aprenden a ser siempre impertinentes: no les controlamos,
sino que son ellos quienes nos controlan. Educamos en chantaje y
no en control.
Si pretenden algo, y respondemos con coherencia (un sí o
un no hasta el final). O bien un razonamiento o un pacto (también
hasta el final), aprenderán que nuestro mensaje se cumple,
y ello les ayuda a escucharlo y a imaginar qué les pasará
luego. En este caso les controlamos y ellos conocen la norma, eso
les da seguridad. Educamos en control y sin chantajes.
¿Esto nos obliga a los padres a aguantarnos? Sí,
evidentemente, y resulta más difícil, quizá
es más molesto hacer de "malo de la película"
que de amiguete o comparsa... pero el resultado no tarda en aparecer.
Educar bien desde el principio es la mejor inversión de nuestra
vida.
Como toda pregunta simple no suele tener una respuesta simple.
Hay que matizar:
Si no nos sintiéramos responsables e íntimamente
implicados ("cómplices") de la vida y la felicidad
de nuestros hijos, sería imposible hacer bien de padres/madres.
Pero nuestro papel es, aparte de compañeros de viaje, en
parte de conductores.
Debemos "sentarnos en la fila de delante". Guiarles:
a veces empujando, y a veces frenando. No podemos creernos "amiguitos"
suyos, "sentarnos en su fila", hacer de hijos.
Debemos hacerles disfrutar del viaje de la vida, del que nosotros
somos sus primeros guías.
Si sufrimos mucho esta distancia ellos también la sufrirán.
Si lo hacemos con normalidad, ellos también lo admitirán
como normal.
Pues posiblemente. Siempre nos mostramos más directos con
quien tenemos mayor confianza. Usamos pocos "protocolos de
urbanidad", por ejemplo, con nuestro padre/madre, con nuestra
pareja o con nuestros hijos.
Ellos tampoco usan esos protocolos. Como suele decirse: "los
trapos sucios se lavan en casa". Los niños pequeños
(sobre todo a partir del año) van ampliando sus horizontes
de actuación, y los experimentos difíciles, como intentar
romper limitaciones y normas, los ejercitan donde se sienten más
seguros de sí mismos. Es decir: en casa. Saben que con los
padres se puede experimentar todo, y nunca les pasará nada
malo. Y, como suele decirse, "tiran de la cuerda": fuerzan
e intentan romper barreras (la disciplina, comer lo del plato, dormir
en su cama y a su hora, coger o tocar lo que no deben, etc.).
La respuesta limitante de los padres/madres les indica cual debe
ser la conducta social, es decir, fuera de casa. Los niños
son maravillosos en la guardería o la escuela, y mucho más
atrevidos ("malos"), en su casa. Ello indica que saben
como deben comportarse, luego el mensaje educativo ha sido eficaz,
pero en casa creen que no hace falta comportarse así. Esto
es absolutamente normal hasta cierto punto. El punto en que los
padres/madres fracasen en su intento de obligar a unos mínimos
de "educación" (respeto, orden, formalidad, etc.)
en casa.
El primer año (período de lactante)
Suele ser un período de descubrimiento mutuo, padres/madres-hijos,
en que la progresiva adquisición de expresividad, capacidad
de movimiento y relaciones resulta fantástica. Los hijos
constituyen el principal motivo de conversación, sus emocionantes
descubrimientos, su simpatía, su tierna expresión
de afecto, unida a la habitual ausencia de enfermedades importantes
o muy repetitivas (al menos en el entorno español): todo
ello conforma un estadio "expansivo", de explosivo disfrute
de padres/madres, abuelos e hijos.
La edad preescolar (del segundo al 5º año aproximadamente)
Desde que andan y hablan dominan mucho más su espacio y
sus relaciones con los demás. Al poder sobrepasar a menudo
los límites que nosotros les queremos imponer, aprenden una
novedad: nosotros les limitamos, les decimos que "no",
y ellos responden igual. Es la edad del "no" sistemático,
de oposición a los límites, de las grandes rabietas
por cualquier cosa (no quiero comer, no quiero dormir, no quiero
seguir andando, no quiero que me vistas...). Junto a una tremenda
ingenuidad. El niño irá dejando de hacer rabietas
cuando compruebe que le resultan inútiles.
En la medida en que nuestra respuesta les va obligando a "disciplinarse",
es decir, a admitir los límites y a quien se los impone,
aprenden un primer sentido "moral" (qué deben hacer,
qué no deben hacer. Qué es bueno, qué es malo.
Qué nos gusta, qué nos disgusta). Es conveniente elogiarle
siempre que sus comportamientos sean positivos.
Desde la edad de 2½-3 años, una vez aceptada "la
disciplina y el orden", se tornan bastante obedientes y sumamente
curiosos. Es la mejor edad para introducir hábitos: de higiene,
orden, autonomía, colaboración. Lo preguntan todo.
Y observan si intentamos responderles todo, lo cual promoverá
su curiosidad, principal elemento para el aprendizaje a lo largo
de toda su vida. O bien, si les cortamos sus preguntas por resultarnos
molestas: aprenderán a adormecer su curiosidad, y quizá
a no preguntarse ya más cosas. Además son juguetones
incansables, disfrutan de ejercer sus habilidades motrices y expresivas,
"no paran".
Desde que se les quitan los pañales aparece la distinción
genital, y juegan entre ellos con sus genitales, no por erotismo,
sino por diversión y por diferenciación en dos "bandos",
con sus maneras y adjetivos socialmente añadidos: aparece
así la sexualización, como fenómeno más
social que orgánico. Luego se irán identificando con
los padres, primero el del sexo contrario, y luego con el del propio.
Se llama la fase de Edipo en niños o de Electra en niñas.
La edad escolar (6 a 12 años)
Es una edad caracterizada por una mayor habilidad y un aumento
progresivo de la musculación (sobretodo a partir de los 10
años), lo que les impulsa a la práctica física
o deportiva. Si la escuela consigue encauzar y fomentar su inmensa
curiosidad, irán apareciendo con la lectura y la escritura
una gran potenciación de los conocimientos. Dada su mayor
autonomía personal y social, y su expresión más
seria ("adulta"), con menos necesidad de exteriorizar
su ternura, podemos caer fácilmente en el error de no demostrarles
nuestro afecto o estima, "darlos por consabidos": todavía
(¿y quizá siempre, verdad?) necesitan nuestra demostración
afectiva.
Conviene evitar excesos en actividades extraescolares, de TV y
de ordenador, y fomentar la lectura.
Al final de esta etapa ya se notan los preparativos de la adolescencia,
sobretodo en las niñas, en que su maduración sexual
avanza y muchas "se hacen mujeres" (tienen su primera
menstruación). Aquí se señala un punto de inflexión,
un final de etapa infantil, un olvidarse de ser niña. Los
niños suelen persistir aún más tiempo (unos
dos años más) en esta etapa infantil.
La adolescencia (12-13 a 18 años)
Es la etapa de maduración en que se va enterrando la infancia
y alumbrando la edad adulta. Supone una transfiguración de
la personalidad, que demanda independencia pero no responsabilidad.
Y eso ocurre en el seno de una familia que, más o menos temerosa,
le concede cierto grado de autonomía, y le exige responsabilidad.
Y surgen los enfrentamientos mutuos, más o menos dramáticos
por ambas partes, con necesidad de autoafirmación.
A uno/a le bulle la sangre por vivir a la vez las tres necesidades
básicas de la edad:
-asumir su "nuevo" cuerpo erotizado y fértil,
cambiante, quizá lleno de granos (acné).
-su "nueva" mente, que desea aparentar omnipotencia en
grupo, mientras en su soledad se siente sumamente frágil,
quizá desamparado.
-y su "nueva" familia ("muerte del padre" según
Freud), con recambio de líderes (padres por "amigos-líderes
de opinión") y de locuacidad (silencio y críticas
extremas en casa, discurso locuaz y sin ninguna crítica entre
los amigos con quien descubre el mundo). Les molesta que en la calle
les saludemos si están con los amigos.
Experimenta intensamente y aprende vitalmente, a partir de sus
emociones, los afectos y los límites, incluido el riesgo:
quizá experimente con juegos de riesgo, drogas. Parece extremado,
brusco, radical, simplista.
Pero de esta vital y ajetreada etapa, "cuando éramos
jóvenes", en lo sucesivo siempre la llamaremos "nuestra
época" (pensar en la música, líderes de
opinión, modas, etc.), porque en ella nacemos a nuestra vida
emocionalmente adulta. Luego, la infancia quedará como un
cordial y lejano recuerdo. Nuestras raíces.

Esta sección ha sido elaborada por Josep Bras Marquillas.
Pediatra de Atención Primaria. Instituto Catalán de
la Salud
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