| Epilepsia
- ¿Qué es?
- ¿Qué síntomas presenta?
- ¿Qué causa la epilepsia?
- ¿Cómo se diagnostica?
- ¿Cómo se trata?
- ¿Qué deben saber los padres del
tratamiento?
- ¿Qué problemas conlleva olvidar
una dosis?
- ¿Qué problemas conlleva la epilepsia?
- ¿Qué hacer ante una crisis epiléptica?
- ¿Con qué frecuencia deben realizarse
controles médicos?
- ¿Qué pronóstico tiene?
La epilepsia consiste en la repetición de convulsiones,
llamadas crisis epilépticas. Aproximadamente un 1% de los
niños padecerá una epilepsia.
No hay que confundir con "ataques" o "crisis cerebrales".
Estos son mucho más frecuentes que las crisis epilépticas
(hasta un 15% de los niños presentan algún tipo de
"crisis cerebral") y engloban muchas situaciones. En las
"crisis cerebrales" se pueden producir, como en las crisis
epilépticas, pérdida de conciencia, caídas,
movimientos involuntarios y sensaciones anormales. Entre las causas
de las "crisis cerebrales" están:
Convulsiones febriles (afectan al 3% de todos los niños):
ataques convulsivos benignos, generalizados pero breves, desencadenados
por ascensos de temperatura en niños de seis meses a seis
años de edad.
Otras convulsiones no epilépticas: por intoxicaciones, meningitis,
traumatismos, etc.
Espasmos de sollozo: berrinches de tal intensidad que el niño
puede llegar a perder el conocimiento e incluso a convulsionar.
Síncopes o desmayos: bajadas bruscas de la tensión
arterial o de los latidos cardiacos desencadenadas por múltiples
factores, como dolor, pinchazos, emociones, permanecer mucho tiempo
de pié, levantarse bruscamente, etc. En ocasiones la falta
de oxígeno produce una convulsión secundaria.
Otros trastornos a tener en cuenta, para no confundir con epilepsia,
son determinadas enfermedades psiquiátricas (como los ataques
de pánico), y los terrores nocturnos (especie de pesadillas
en que los niños afectados no llegan a despertarse). Incluso
las jaquecas o migrañas y el reflujo de comida del estómago
al esófago en bebés muy pequeños, pueden llegar
a simular o provocar convulsiones y no son epilepsia.
El concepto de repetición es fundamental: muchos niños
pueden presentar una convulsión aislada que no repita en
su vida y no son epilépticos.
La epilepsia no se contagia. Tampoco es causa de retraso mental
(aunque puede asociarse a él). La epilepsia no es por culpa
de los padres ni hay ningún responsable.
La epilepsia se manifiesta mediante crisis convulsivas que pueden
tomar varias formas. Pueden aparecer como convulsiones generalizadas
caracterizadas por la actividad desordenada de brazos y piernas
acompañada, por lo general, de pérdida de conciencia
y quizá de mordedura de lengua y emisión de orina.
También pueden presentar grados variables de rigidez. En
el argot médico, estos ataques se denominan crisis generalizadas
tónico-clónicas. En otras ocasiones aparecen de forma
menos aparatosa, como una falta de repuesta a estímulos durante
la que el niño se queda con la mirada fija, ausente, asociándose
en ocasiones movimientos automáticos (como tragar repetidamente
o frotarse las manos). Estas crisis se denominan crisis parciales
o focales o bien ausencias, dependiendo de las características
particulares. Existen también otros tipos de epilepsia en
la infancia menos frecuentes, como la epilepsia mioclónica,
los espasmos infantiles, las crisis acinéticas y la epilepsia
psicomotora o del lóbulo temporal, entre otras.
Las crisis epilépticas pueden ser la manifestación
de problemas variados como lesiones cerebrales debidas a falta de
oxígeno al nacer, enfermedades degenerativas o metabólicas,
tumores cerebrales, una malformación, etc. En estos casos
muchas veces las convulsiones se acompañan de otras manifestaciones
tales como parálisis, retraso mental, etc. Pero en muchos
casos (la mayoría) no se encuentra la causa de la epilepsia,
incluso después de detallados estudios. La herencia también
es importante en la epilepsia, repitiéndose muchas veces
los casos en la misma familia.
¿En qué niños aparece la epilepsia?
La epilepsia puede aparecer a cualquier edad. La edad de comienzo,
el tipo de convulsiones y el resultado de una prueba llamada electroencefalograma,
permiten diagnosticar el tipo de epilepsia de la que se trata. La
epilepsia no tiene prejuicios: afecta por igual a hombres y mujeres,
ricos y pobres, y a personas de cualquier raza.
¿Por qué se produce la epilepsia?
El cerebro está formado por células llamadas neuronas.
Se comunican entre sí mediante impulsos eléctricos.
Dichos impulsos son los que hacen que realicemos movimientos voluntarios
o recibamos sensaciones procedentes del mundo que nos rodea. Las
crisis epilépticas se producen por descargas desorganizadas
de impulsos eléctricos en grupos de neuronas. Si la alteración
de las neuronas está localizada en un lugar del cerebro suele
dar lugar a crisis focales. Cuando existe una excitabilidad general
del cerebro en su conjunto, da lugar a crisis generalizadas, en
las cuales no se suele encontrar una anomalía evidente en
el cerebro y posiblemente sean debidas a una anomalía en
la regulación de la comunicación de las células
cerebrales, tal vez hereditaria, de origen genético.
Lo más importante para que el pediatra o el neurólogo
diagnostiquen la epilepsia, es una descripción detallada
de las crisis. Fijarse muy bien cuando el niño tiene el ataque
y recoger todos los detalles, la duración, etc. En ocasiones
debe ingresar en un hospital para que el personal sanitario presencie
los ataques.
Posteriormente el médico examina al paciente. Una vez establecida
la sospecha diagnóstica se complementa con pruebas que ayudan
a detectar cuál es el origen de las crisis. Las pruebas más
importantes son la tomografía axial computerizada (o TAC)
cerebral, la resonancia magnética cerebral (RM) y el electroencefalograma
(EEG). Las dos primeras son útiles para ver la estructura
del cerebro y pueden detectar la presencia de tumores, cicatrices,
quistes, malformaciones cerebrales, etc.
Un EEG es una prueba que consiste en medir la actividad eléctrica
generada por el cerebro. No sirve para medir la inteligencia. Se
colocan unos pequeños electrodos sobre el pelo de la cabeza
y se mantienen con unas cintas de goma, con un pegamento especial,
o bien con un gorro. No produce dolor. Los niños deben permanecer
quietos mientras se les realiza. Los niños frecuentemente
se enfadan o incluso lloran y, a veces, es necesario sedarlos. Muchas
veces es conveniente realizar el EEG durante el sueño y a
veces se utilizan estímulos luminosos u otros para estudiar
la reacción bioeléctrica del cerebro.
El electroencefalograma obtiene el registro de la actividad eléctrica
cerebral que indica la posible excitabilidad del cerebro y la localización
de esta excesiva excitabilidad. En ocasiones, es necesario el registro
de las crisis epilépticas mediante un vídeo y el electroencefalograma
realizados simultáneamente para poder diagnosticar con seguridad
la epilepsia o para poder determinar el lugar cerebral de origen
de las crisis. Excepcionalmente el electroencefalograma no muestra
alteraciones nada mas que en las crisis y es necesario realizar
un electro de larga duración con el niño ingresado
para poder establecer el diagnóstico.
Las alteraciones electroencefalográficas son típicas
en determinados tipos de epilepsia y ayudan a establecer de que
tipo de epilepsia se trata. Esto es importante, porque según
el tipo de epilepsia está indicado un tipo de tratamiento
y puede establecerse un pronóstico acerca de su evolución
probable. Muchas epilepsias infantiles son benignas y desaparecen
con el paso del tiempo, siguiendo unos plazos previsibles.
Tener una alteración electroencefalográfica no permite,
por sí sola, diagnosticar la epilepsia. Según algunos
estudios, hasta un 50% de los niños pueden presentar alteraciones
epileptiformes en su electroencefalograma. Por ello no deben tratarse
a todos los niños con electroencefalograma anormal, sino
sólo a los que padecen epilepsia: es decir, que presentan
convulsiones repetidas no atribuibles a otra causa. Un electroencefalograma
puede presentar alteraciones después de padecer una convulsión
desencadenada por un síncope o desmayo y ser tomado erróneamente
como prueba de epilepsia.
Por eso no deben hacerse electroencefalogramas a niños que
no presenten ataques: una pequeña alteración sin importancia
puede ser mal interpretada y, en el mejor de los casos, tomarse
como razón que explique un trastorno de conducta o un mal
rendimiento escolar (evitando un correcto enfoque psicopedagógico
del problema). En el peor de los casos, podría dar lugar
a un tratamiento antiepiléptico inadecuado. No está
indicado hacer electroencefalogramas a niños que no tengan
convulsiones (por ejemplo porque van mal en el colegio).
Es mucho más probable un falso diagnóstico de epilepsia
que lo contrario. Casi nunca será perjudicial esperar, comprobar
si se repiten los ataques y pedir una segunda opinión. Por
el contrario, el diagnóstico erróneo condenará
al niño a recibir un tratamiento inútil durante años.
Una vez puesto en marcha, sólo expertos neurólogos
infantiles se atreverán a suspenderlo.
¿Con qué frecuencia debe realizarse
el EEG?
Deben realizarse nuevos electros cuando cambie el tipo de crisis.
Aunque lo más importante es si las crisis están controladas,
aún sin crisis se suele realizar un EEG anualmente.
La epilepsia es una enfermedad tratable. Afortunadamente, la mayoría
de los niños que la padecen pueden ser controlados con la
medicación antiepiléptica. Excepcionalmente se presentan
crisis resistentes a múltiples tratamientos y, en ocasiones,
necesitan enfoques diferentes como cirugía, un tipo de dieta
llamada cetogénica o la implantación de un marcapasos
en el nervio vago.
Deben evitarse los factores que se sabe desencadenan un ataque
en un niño determinado, tales como la televisión,
videojuegos, luces de discoteca, etc.
La epilepsia se trata con medicamentos llamados anticonvulsivantes
o anticomiciales. Existen varios tipos de medicamentos con efectos
anticonvulsivos, algunos de los cuales están especialmente
indicados para un tipo específico de epilepsia. El médico
comienza el tratamiento con el preparado que crea más útil
y va aumentando progresivamente la dosis, hasta alcanzar un nivel
en el que los ataques queden controlados, sin que aparezcan efectos
secundarios significativos. Si no se consigue, se prueba con otro
hasta conseguir el control. A veces es necesario asociar más
de un medicamento antiepiléptico.
Es fundamental que la medicación se administre de forma
regular, si no es así, no pueden prevenirse las crisis de
manera eficaz. La mayoría de los anticonvulsivantes tienen
un efecto sedante y en grandes dosis pueden producir somnolencia
o inestabilidad postural. La dosis debe ajustarse cuidadosamente
para cada paciente, determinando, si es necesario, niveles del medicamento
en sangre. Al realizar analítica también se vigila
la aparición de determinados efectos secundarios de la medicación.
La supresión brusca del tratamiento puede provocar recaídas
o incluso una peligrosa convulsión prolongada, llamada estatus
convulsivo.
- Conocer los medicamentos que toma el niño, incluyendo
el nombre comercial y genérico, el laboratorio farmacéutico,
la presentación, la dosis, el color, forma y tamaño.
Tener reserva de medicamentos y ponerlos fuera del alcance del
niño y de sus hermanos. Comprobar los medicamentos cuando
se repongan y preguntar cualquier diferencia que observe al farmacéutico
o bien a su médico.
- Dar las dosis de acuerdo con las instrucciones que constan en
la receta de su médico. Póngase de acuerdo con él
para que el horario y forma de administración resulten
lo más razonable y cómodos para el niño.
No suprima un tratamiento por su cuenta, incluso en el caso de
efectos secundarios. Consulte antes a su médico.
- Sepa lo que debe de hacer si algún día se olvida
una o más dosis o vomita la medicina.
- Infórmese sobre los posibles efectos secundarios y pida
instrucciones de los pasos que debe seguir.
- Pregunte acerca de las posibles interacciones de otros medicamentos
que se le receten con los antiepilépticos que está
tomando.
- Pregunte a su farmacéutico dónde debe guardar
los medicamentos. Normalmente han de estar en un lugar seco, frío,
sin luz directa del Sol ni humedad. Si observa alguna alteración
del producto, pregunte a su farmacéutico antes de utilizarlo.
¿Qué efectos secundarios deberán
tener en cuenta y explicar a su médico?
Todos los hechos que le llamen la atención deben ser comunicados,
aunque no parezcan importantes. Afortunadamente los medicamentos
antiepilépticos no suelen tener efectos secundarios graves.
Al iniciar la medicación pueden notarse irritabilidad, somnolencia,
cambio de carácter y también alteraciones en la piel,
dolor de estómago o vómitos, etc.
Algunos efectos secundarios pueden aparecer con el tiempo o por
interacciones con otros medicamentos.
Los medicamentos antiepilépticos se administran a diario
para mantener un nivel en la sangre adecuado para controlar las
crisis. Si no se toman como se han recetado, su efecto no se alcanza
completamente. Retrasar una dosis hasta 3 ó 4 horas no es
motivo para suprimirla, debe administrarse en ese momento. Cuando
la ha olvidado, no la acumule al horario de la siguiente dosis.
Nunca administre dos dosis la vez si no lo ha consultado previamente.
Recuerde que algunos medicamentos son de acción sostenida,
de manera que una sola toma al día proporciona el mismo efecto
que las dosis de medicamentos convencionales de acción inmediata.
Si la epilepsia es debida a una enfermedad de base, suelen ser
las limitaciones de la propia enfermedad las más importantes
(retraso mental, parálisis, etc.). Los niños con crisis
de origen desconocido, si están bien controlados, pueden
hacer una vida prácticamente normal.
La actividad de un niño epiléptico no tiene por qué
restringirse necesariamente, pero, a pesar de que el objetivo es
controlar las crisis por completo, esto no siempre es posible. Si
persisten ataques ocasionales, puede ser necesario limitar ciertas
actividades que puedan poner en riesgo al pequeño. Sin duda
es potencialmente muy peligroso que el niño nade sin que
le acompañe un adulto o monte en bicicleta si hay mucho tráfico.
Un aspecto de especial preocupación para profesores y padres
es cuál nivel de riesgo es el aceptable para un niño
con epilepsia. ¿Puede llevar una vida normal, hacer deporte,
nadar, acudir a actividades extraescolares (campamentos de verano,
por ejemplo)? O, por el contrario, ¿debe estar especialmente
protegido? La decisión es difícil y depende en gran
medida del tipo de crisis y frecuencia de las mismas. En general,
es conveniente que lleve una vida lo más "normal"
posible, para lo que se precisa una buena comunicación entre
padres y profesores y un conocimiento de la enfermedad por ambas
partes.
Los profesores y otros cuidadores, los hermanos y resto de la familia
deben estar bien informados del diagnóstico y del tipo de
crisis, de la medicación, de los efectos secundarios, de
que deben de hacer cuando se presente una crisis, del médico
o centro sanitarios que debe atender al niño si los padres
no están localizables. Es importante que los cuidadores informen
de cómo ha sido la crisis y de los cambios en su conducta.
La información precisa y el conocimiento acerca de la epilepsia,
son fundamentales para poder superar las situaciones de estrés
que se producen durante las crisis.
Los niños epilépticos tienen algo más frecuentemente
problemas de rendimiento y adaptación escolares que los niños
que no lo son. Lejos de aceptarlo como una fatalidad y escudarse
en su enfermedad para justificar el hecho, debe actuarse como en
cualquier niño con el mismo problema: valoración psicopedagógica,
aula de apoyo, educación especial, adaptación curricular,
etc.
Los accidentes domésticos son con frecuencia causa de daños
corporales. Las niños y adolescentes con epilepsia están
sujetos a la posibilidad de que una crisis les perturbe la conciencia
mientras están realizando cualquier tarea cotidiana, por
lo que el riesgo de accidentes es relativamente mayor. Es necesario
tomar una serie de precauciones adicionales: ducharse mejor que
bañarse, poner barandillas en los baños, colocar en
los baños puertas que se abran hacia afuera (para no bloquear
la entrada de ayuda en caso de crisis), evitar las literas, las
puertas de cristal, etc.
Los niños con epilepsia no controlada pueden hacer la mayor
parte de los deportes, tomando las precauciones adecuadas (casco
por ejemplo). Lo más importante es tener sentido común
y procurar no hacer deporte en solitario. La mayor parte de los
niños y adolescentes epilépticos pueden montar en
bicicleta o a caballo, nadar, correr, jugar al fútbol, etc.
Indudablemente, ciertos tipos de deportes de riesgo deben de evitarse
(escalada, boxeo, buceo a alta profundidad, ala delta, etc.).
- Ante todo, no perder la calma dejándose llevar por los
nervios.
- Mirar el reloj y anotar mentalmente la hora: la duración
es importante.
- Memorizar todos los detalles: situación que la desencadenó,
tipo de movimientos, duración, si hay pérdida de
conocimiento..., serán fundamentales para hacer un diagnóstico
correcto.
- En casos dudosos, la grabación en vídeo del ataque
puede permitir al médico un diagnóstico más
certero.
- Proteger al niño de que se dé golpes, pero sin
sujetarlo excesivamente. Ponerlo en un lugar donde no se golpee:
retire los muebles u objetos de su alrededor. Ponga una almohada
o ropa debajo de la cabeza para que no se dañe. Afloje
la ropa alrededor del cuello.
- La posición más adecuada es tumbado boca abajo
y la cabeza de lado, para que no aspire sus secreciones o un vómito.
- No ponga nada duro en su boca para evitar que se muerda la lengua.
Algunos especialistas aconsejan poner algo blando como un tubo
de goma o un pañuelo. No intente abrirle la boca a la fuerza
cuando la tiene cerrada y aprieta los dientes ni introducirle
los dedos ni objetos en esa circunstancia. Anatómicamente
es imposible que se trague la lengua.
- Recuerde que si se detiene la respiración durante unos
segundos o presenta palidez o cianosis (color azulado) no significa
que se halle en peligro. Puede ocurrir en algunas crisis.
- Espere a que se pase la crisis (lo que casi siempre ocurre en
menos de cinco minutos).
- Si la convulsión dura más de cinco o diez minutos
(no confundir el ataque con la situación posterior de somnolencia,
estupor y respiración ruidosa), puede ser necesario administrar
un medicamento llamado diazepan en enema, a la dosis recomendada
por su médico (si es un niño con riesgo de tener
convulsiones prolongadas, está muy indicado que disponga
de esta medicina, consúltelo con su médico).
- Permanezca al lado del niño hasta que la crisis se termine
y vuelva a recuperar la conciencia.
- No intente echarle agua fría, zarandear al niño
ni darle palmadas para que se recupere de la crisis. Usted no
puede parar la crisis con esos métodos.
- No intente darle medicinas, agua ni alimentos por boca durante
la crisis ni en el período posterior de somnolencia. Tampoco
es conveniente dejarlo todo el día en la cama después
de una crisis.

¿Cuándo pedir ayuda o acudir a un centro?
- Sí es la primera crisis que ha tenido en su vida.
- Sí se ha hecho heridas durante la crisis o se ha golpeado
la cabeza.
- Sí la crisis dura más de 5 minutos. Las crisis
prolongadas pueden ser perjudiciales. Si dura más de 20
minutos se denomina estatus epiléptico y deben de tomarse
medidas específicas.
- Sí el niño tiene una enfermedad de base, como
la diabetes.
- Si tiene fiebre y el origen no esté claro.
Esto depende de varios factores. Su médico dispondrá
los controles precisos para el caso de su hijo. Generalmente una
o dos veces al año, dependiendo de la edad, de su estado
general, de la medicación que utilice. Los controles serán
más frecuentes si cambia el tipo de crisis, aparecen efectos
secundarios, no hay buen control, etc.
El pronóstico depende del tipo de epilepsia (tipo de ataques,
electroencefalograma característico, edad), de si existe
enfermedad o lesión asociada, de si se controlan o no los
ataques con medicación, etc.
En cualquier caso, el pronóstico de la epilepsia infanto-juvenil
suele ser mejor que la del adulto. Muchos tipos de epilepsia infantil
son benignos y la predisposición a convulsionar desaparece
con el desarrollo.
Si se retira la medicación gradualmente en niños
libres de convulsiones durante dos o tres años, entre el
70 y el 80% no volverán a tener más ataques. Sin embargo,
esta decisión debe ser tomada por el médico responsable
del tratamiento, compartida y asumida por la familia, que debe aceptar
la posibilidad del 20 a 30% de recaídas. Muchos pediatras
preferimos compartir esta y otras decisiones con un neurólogo
infantil. Puede ser útil para mayor seguridad disponer de
un anticonvulsivante en enema para el caso de que se presente una
eventual convulsión prolongada.
Nunca se debe retirar la medicación bruscamente. En caso
de que esté indicado suspenderla, se retirará lentamente:
es decir, en al menos 2 ó 3 meses
Esta sección ha sido elaborada
por Juan José Delgado. (pediatra de Atención Primaria)
Servicio Gallego de Salud

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