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Revista electrónica de información para padres de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap)

 

 

 

 

 

 

 

Cómo vive la crianza de su bebé una madre ciega. Descarga el Pdf

Autora:

Nuria del Saz Gaitán. 34 años, periodista, escritora  y mamá de Diana, 12 meses.

Palabras clave: ceguera, lactancia, cuidados, discapacidad, familia, maternidad.

¿Qué tal te apañas con la niña?” Desde que nació mi hija Diana, algunas personas me han hecho esta pregunta u otra similar. Quienes no están familiarizados con las discapacidades en general y la ceguera en particular suelen extrañarse de que una mamá ciega sea lo suficientemente autónoma como para cuidar de su hijo recién nacido. Al ser interrogada sobre esta cuestión, la sorprendida o extrañada soy yo, pues me parece tan natural cuidar a mi bebé que no reparo en la curiosidad que este asunto puede despertar en los demás.

Antes de ser madre detestaba, en una especie de manía pro igualdad de género instigada por mi ignorancia, aquellos comentarios que sublimaban el instinto maternal, que exaltaban las capacidades de las madres frente a las de los padres en una absurda guerra de sexos de cuyos efectos colaterales seguimos siendo víctimas los hombres y las mujeres (aunque esta sería otra historia distinta a la que me ocupa ahora). Y los detestaba porque soy de las que cree que la crianza de un hijo es responsabilidad de ambos progenitores y me molesta el hecho de apartar al padre con comentarios que, muchas veces, se dicen por imitación; tópicos que se repiten de generación en generación, aunque nuestras madres y abuelas tuvieran muchísima razón dadas sus circunstancias.

Ahora bien, tras dar a luz, comprendí el maravilloso cambio del que tanto se habla por ahí. La vida cambia, te cambia, y lo hace para bien sacando lo mejor de ti, por lo que ahora soy yo misma la que, de vez en cuando, se permite enarbolar la bandera del instinto maternal como un precioso don con el que hemos sido distinguidas las mujeres. Y creo, que realmente las madres, poseemos ese sexto sentido que nos permite darle el mejor de los cuidados posibles a nuestro recién nacido, con lo que esos comentarios no me parecen ya tan gratuitos ni tan exaltados, sin dejar de reconocer el importante papel de los padres en la crianza de sus retoños.

Desbordada por las nuevas sensaciones que experimentaba e imbuida de ese estado hormonal tan especial que nos domina tras dar a luz, en el que todo tu mundo lo forma aquel bebé que respira y duerme en tu pecho, es fácil entender mi sorpresa ante la cuestión de cómo me apañaba yo con el bebé al ser una madre primeriza y ciega, para más inri. ¡Cuidarla es tan natural para mí! Mi respuesta siempre era y es la misma: "de una manera muy natural”.

Como padres responsables y deseosos de aprender cuáles serían las primeras necesidades de nuestro bebé, dedicamos muchas horas durante los nueve meses de gestación a leer sobre las primeras etapas de un recién nacido, su desarrollo, sus cuidados... Libros, artículos, conversaciones con otras madres. Sobre todo madres, porque seguimos siendo (y lo digo tremendamente orgullosa de ello) la piedra angular de la nueva vida que llega a la familia.

Las clases de educación maternal que imparte el sistema sanitario andaluz también nos ayudaron bastante a la hora de ir adquiriendo seguridad como padres. Son pocas horas, pero si uno tiene la suerte de contar con una buena matrona, contribuyen a hacerse una idea general de lo que se avecina. Son clases muy útiles, no sólo para las madres. Yo diría que los padres las necesitan tanto o más que nosotras, pues, por lo general, las madres estamos más implicadas desde el mismo momento de saber que estamos embarazadas, lo sentimos en nuestro cuerpo y esa realidad del futuro hijo nos acompaña durante los nueve meses, mientras que para los padres el hijo no llega a concretarse de forma real hasta el día del nacimiento.

Mi marido y yo acudimos a todas las clases llenos de ilusión y, como digo, ávidos por saber y aprender. Él se encargó de aprender las mejores posturas de la lactancia, cómo había que curar el cordón, cómo dar los masajes. Juntos veíamos los vídeos y, luego, él me explicaba con detalle aquellas partes que habían sido narradas sólo visualmente. Yo, por mi parte, leía libros y artículos y se los resumía cuando nos veíamos después del trabajo. Siempre hemos formado un equipo, pero ante la llegada de nuestra hija, el equipo se fortalecía y cada cual aportaba sus conocimientos y capacidades. Como en cualquier pareja, se trata de sumar, no de restar.

Otra gran aliada en la gran aventura que estaba por acontecer es mi madre, la abuela de la criatura. Ella también estaba deseosa de implicarse con el futuro bebé. Me aportó numerosas ideas sobre lo que me podría hacer falta en casa, cómo organizarme con la ropa de la niña, el espacio que me requeriría... Ella ideó un sencillo y práctico sistema para tenerlo todo a mano y en orden, lo cual es fundamental para toda madre, pero aún más en mi caso para no andar rebuscando ropa cuando se tiene prisa.

En el armario de Diana colocamos la ropa por colores en cajas distintas: lo blanco o beige, lo rosa y lo celeste, cada color en su correspondiente caja. Compramos perchas con distintas formas para colgar los vestiditos igualmente por colores. Perchas lisas y blancas para la ropa blanca, perchas rosas y con ositos para las prendas rosas, etc. Con imperdibles, mi madre prendió patucos, gorritos y jerseys de cada conjunto. De esa forma, imposible equivocarse. Cuando la ropa se lava, se vuelve a emparejar todo y a su caja correspondiente.

Hay quienes opinan que las cómodas cambiador son un trasto, pero para mí ha sido y aún lo es (y mi hija tiene ya un año) uno de los muebles más útiles que tengo en casa. Arriba, cambiador y bañera; abajo, amplios cajones para colocar pañales, productos de puericultura, pijamas y bodies, sábanas y arrullos. Todo a la mano y ordenado.

Mi hija se ha estado alimentando con lactancia materna exclusiva hasta los ocho meses casi. Como indiqué antes, fue mi marido quien se empapó a fondo sobre las mejores posturas para dar el pecho y quien me lo explicó. Cuando me puse a Diana al pecho la primera vez, fue algo bastante más natural de lo que me imaginaba, pero mi marido estaba ahí para ayudarme, traerme a la bebé y enseñarme a mí a pillarle el truco a la lactancia. Me sentía segura cuando él supervisaba que la niña mamaba correctamente, según las indicaciones que nos había dado la matrona y según sus vídeos. Al poco, dejé de necesitar esa ayuda y la supervisión de él o de mi madre, pues yo ya reconocía la sensación y sabía que la niña tenía bien abierta su boca para mamar.

A algunas madres les asusta la primera experiencia de bañar a su bebé y son muchas las personas que me preguntan por este particular. Yo estaba deseando llegar a casa para poder darle su primer baño, pues en el hospital se suelen encargar las enfermeras. Recuerdo que todos querían ayudarme. Parece que un recién nacido es muy escurridizo en el agua, pero no es para tanto. Siempre la he bañado yo. Me encanta hacerlo y no tiene más misterio que el de sujetarle bien por la barriguita. Después de todo, me he pasado toda la infancia bañando a mis “Nenucos” y ya iba bien preparada.

Obviamente cuidar de un bebé sin ver es más difícil, pero se van desarrollando habilidades, ideando trucos y mañas para desenvolverse con gran autonomía y pidiendo ayuda también cuando algo escapa a nuestra capacidad por razones obvias.

La administración de medicamentos, cuando el bebé está enfermo, era una cuestión peliaguda. No se pueden poner gotas en un biberón a ojo de buen cubero. Existen cuentagotas de una sola gota, aunque nunca los he usado, porque para esta tarea siempre pido ayuda. Cuando se trata de dosificar en jeringuilla resulta más fácil, ya que con un cuchillo se hace una muesca en el émbolo palpable al tacto. Cuando le recetan algún medicamento a Diana suelo preguntar al pediatra por la presentación del mismo y averiguamos si hay alguna más cómoda para que yo pueda administrársela, es decir, gotas por jeringuilla o supositorios, para calcular la dosis con exactitud.

Un ejemplo que suelo poner a cuantos me preguntan que cómo me las arreglo para cuidar a la niña es recordarles que, muy probablemente, ellos habrán cambiado más de un pañal o dado un biberón completamente a oscuras por la noche para no desvelar a su bebé. Entonces reconocen que, efectivamente, suelen hacerlo sin la ayuda de la luz por las noches con toda naturalidad.

Cuidar a un bebé siendo ciego no es ni más ni menos difícil que para un padre vidente. Es diferente. Muchas veces te exige mayor dedicación y atención, porque no puedes supervisar visualmente la situación, sino que necesitas estar muy seguro de que no hay ningún peligro a su alrededor (sobre todo cuando caminan solos y son imparables). Cada día supone un aprendizaje, un descubrimiento mutuo. Mientras mi hija descubre el mundo, yo trato de ayudarla en su camino aprendiendo también muchas cosas sobre ella y sobre mí misma. Tan natural como eso.

 

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© 2008 Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria. Actualizado 21 de Noviembre de 2008. Editor: Jaime J Cuervo Valdés
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