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Reflexiones de una enfermera de viaje al Sáhara Occidental. Otoño de 2008.

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Autora:
María Rosario García Ortega. Enfermera pediátrica. Vitoria-Gasteiz

 

Palabras clave: nomadismo, saharaui, jaima

 

Mi profesión es la de enfermera de Pediatría y trabajo en un centro de Atención Primaria en Vitoria-Gasteiz. Soy asimismo licenciada en Geografía e Historia y, precisamente por esto, y dada mi participación en varias campañas de excavaciones arqueológicas en el País Vasco, me surgió la oportunidad de viajar al Sáhara Occidental el pasado otoño como colaboradora en un proyecto solidario, de cooperación e investigación cultural. Esta particular labor se viene llevando a cabo, no propiamente en los Campamentos de Refugiados de Tindouf (Argelia), sino en los territorios liberados de la R.A .S.D, en el interior del desierto, en la región del Tiris

El trabajo, además de lo propiamente arqueológico, tenía una orientación etnográfica que incluía entrevistas a beduinos para recoger datos acerca de su forma de vida, y salvaguardar los conocimientos que los ancianos poseen y se transmiten de una generación a otra de forma oral. Una labor más que necesaria dados los tiempos que corren, ya que incluso allí, una imparable globalización amenaza seriamente las formas de vida tradicionales e incluso su propia existencia.

Llegamos por fin a los Campamentos Saharauis, donde únicamente íbamos a permanecer unas horas. Mi primera impresión fue de sorpresa mezclada con sentimientos encontrados entre la pena, por la situación en la que se ven obligados a desarrollar su vida ahí, y de agradecimiento, por el cariño en el trato que me dispensaron en el recibimiento

El lugar donde nos acogieron, y en el que íbamos a pasar lo que quedaba de esa noche, se encontraba situado en Smara y para sorpresa nuestra llovía y bastante.

Smara es una de las “wilayas” más grandes, y como pude comprobar por la mañana, la mayoría de las construcciones eran de adobe. Son casas muy sencillas, por supuesto, y aunque alternan con jaimas, éstas están dejando paso a este otro tipo de viviendas, lo que sugiere un intento de mejorar la situación mediante un asentamiento más permanente; es decir, refleja una especie de adaptación ante una situación que se alarga indefinidamente.

Foto Sahara Pero nuestro proyecto no tenía como lugar de acción los Campamentos Saharauis, sino el desierto, por ello, justo después de comer, partimos hacia ese inmenso mar de arena.

Al llegar la noche, y después de un viaje sumamente movido, paramos para acampar al aire libre, en un lugar al lado de unos árboles que llaman “taljas”, variante de la acacia aclimatada al desierto. Para mi todo era nuevo, no así para los demás, que ya habían estado en esas mismas situaciones con anterioridad.

La preparación de la cena, utilizando un trípode de metal del que colgaba un caldero también de hierro, me hizo recordar estampas de los nacimientos que ponemos en Navidad, donde se ve a los pastores reunidos junto a una fogata y bajo un cielo estrellado, como el que nosotros teníamos encima.

El trabajo que debíamos realizar se iba a desarrollar durante tres semanas, en las que íbamos a recorrer alrededor de tres mil kilómetros. Todo esto me dio la oportunidad de ver de cerca un modo de vida totalmente desconocido para mí hasta ese momento.

El hecho de haber llovido recientemente, e incluso continuar lloviendo en ocasiones, nos proporcionó paisajes realmente bonitos e inusuales. Y nos facilitó la labor, ya que los habitantes del desierto, conocidos como “hombres de las nubes”, en su constante búsqueda de pastos, van siguiendo la lluvia, y nosotros los podíamos encontrar con más facilidad cerca de esas zonas reverdecidas.

En los días siguientes tuve ocasión de relacionarme muy estrechamente con ellos, ya que comimos y dormimos en sus jaimas y permanecimos mucho tiempo allí, no solo mientras se realizaban las encuestas, sino también, en momentos de descanso en las horas del día en que el calor era tan fuerte en el exterior que no se podía salir. Y no sólo aprendí cosas relacionadas con su forma de vida, reflejada en las encuestas, sino de cómo veían ellos la vida y cómo la vivían.

Me sorprendió muy gratamente la capacidad para conseguir crear en un medio tan inhóspito como el desierto, el ambiente sumamente agradable y alegre que se respiraba en las jaimas. Realmente era un placer entrar en ellas, el franquear la entrada suponía un cambio total. Ya el hecho de descalzarse antes de pasar al interior suponía una liberación: era pasar de un calor sofocante y abrumador a un ambiente fresco agradable y alegre, ya que las jaimas tienen por fuera colores sobrios pero en el interior el colorido se adueña del espacio. Estos colores vivos de las telas, que forran la jaima, es un reflejo de su forma de ver la vida, alegre y sencilla. Ellos mismos son alegres, con un carácter abierto, un inmenso sentido de la hospitalidad, muy generosos y sobre todo de una gran dignidad. Así mismo, me llamó poderosamente la atención el profundo sentimiento religioso que marca toda su existencia y hace de soporte para sobrellevar los avatares que rodean su vida.

Los beduinos se mueven en grupos familiares y cada asentamiento suele tener de tres a cuatro jaimas en las que conviven varias generaciones. Las relaciones entre ellos mantienen rasgos tribales basados en un gran respeto hacia los ancianos. Los niños reciben una educación basada en el cariño y obediencia hacia los mayores. Te reciben muy cariñosamente, se acercan y te ofrecen algún regalo dado por su madre y luego ya permanecen a tu lado; pero en ningún momento te molestan: observan y si quieres te enseñan cómo juegan y te invitan a jugar con ellos.

Foto Sahara

Las mujeres generalmente permanecen en un segundo plano. Están con los niños, preparan el té y te agasajan, te pintan con henna las manos y te visten con su ropa; pero a mí no me dio la sensación de una situación muy discriminatoria, ya que ellas, al igual que los chicos, estudian y se pueden divorciar y casar varias veces.

Las familias se componen por lo general de muchos miembros. Así hay hermanos de padre o de madre, o de padre y madre, por lo que se deduce, que si bien la figura de la mujer no está en un plano de igualdad, tampoco está tan supeditada al hombre como en otros países musulmanes. La vida de nomadismo sin duda, ha configurado estas relaciones familiares.

Dentro del trabajo a realizar, se hicieron encuestas a mujeres, más escasas pero ilustrativas. Una de ellas se realizó a una mujer, ya mayor, que era partera; al igual que su madre y su abuela, se dedicaba a asistir partos y realmente fue muy interesante.

Aunque sólo estoy mencionando el trabajo realizado en las jaimas también nos quedamos varias noches en bases militares y convivimos con los soldados que estaban en ellas. El trato aún siendo bases militares que se suponen rudas, fue en todo momento de cercanía, cariño y respeto, con lo cual mi experiencia no pudo ser más positiva.

En conjunto aprendí a valorar cosas que no son materiales, ya que allí la carencia de comodidades es absoluta y las condiciones de vida muy duras, y sin embargo ves que no todo lo que te hace la vida más fácil te ayuda siempre, sino que más bien te empobrece, aunque parezca una paradoja.

Las formas de vida que iba descubriendo, a medida que realizábamos nuestro trabajo en las jaimas supusieron un valioso aprendizaje, que ahora, visto desde la distancia, puede dar la impresión de estar idealizado. Por ello voy a copiar textualmente una parte de mi diario en donde expreso mis impresiones entre los beduinos. “(…) Son experiencias buenas, yo creo que el hecho de venir y ver cómo se puede vivir aquí con tan pocas cosas te hace ver cómo lo hacemos allá, cuanto gasto, cuanto capricho, cuanta abundancia y a la vez qué insatisfacción, qué estrés. En nuestros países funcionamos a toda velocidad, sin tiempo para nada, no sabemos disfrutar de la vida, darnos cuenta del hecho de vivir. Pensamos sólo que cada vez queremos vivir mejor y lo relacionamos con el hecho de tener más y mejores cosas. Se nos olvida lo que es la vida en sí. Sin embargo, esta gente apenas tiene lo imprescindible pero son más hospitalarios y generosos. El tiempo aquí tiene otra dimensión, como la vida…”.

Después de este apunte cogido directamente de mi diario, y basándome en los recuerdos de esos momentos, me doy cuenta de lo afortunada que he sido por haber tenido la oportunidad de viajar hasta allá y haber convivido con unas gentes de las cuales desconocía casi todo.

 

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© 2009 Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria. Actualizado 31 de Agosto de 2009. Editor: Jaime J Cuervo Valdés
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