| Guías
alimentarias
- ¿Qué son?
- ¿Son diferentes de las recomendaciones
dietéticas?
- ¿Cuáles son sus directrices principales?
- ¿Se pueden llevar a la práctica?
Son normas de “buen comer”, útiles para el mantenimiento
de la salud y dirigidas a la población general, constituyendo
un instrumento educativo en el ámbito de la política
sanitaria. Se trata, pues, de recomendaciones generales dirigidas
a prevenir enfermedades crónicas.
Sí, porque las Recomendaciones Dietéticas (RDA o
CDR) son los aportes diarios recomendados para evitar el desarrollo
de enfermedades carenciales y hacen referencia a los aportes de
nutrientes (elementos que componen los alimentos). Son utilizadas
por médicos, dietistas y profesionales de la salud, educación
y administración. Por ejemplo, para un niño de 11
a 14 años la RDA de vitamina C es de 50 mg. Obviamente, son
difíciles de interpretar por la población general
para ponerlas en práctica.
Las Guías Alimentarias pretenden resolver este problema:
hacen referencia a los alimentos. Siguiendo el mismo ejemplo de
la vitamina C, su traducción sería “tomar 2
naranjas o cítricos diarios, o su zumo”.
Existen multitud de guías alimentarias, pero casi todas
coinciden en unos puntos básicos:
- Realizar una dieta variada: es la norma dietética más
importante, ya que ningún alimento nos proporciona todos
los nutrientes. La variedad aumenta la probabilidad de aportar
todas las RDA, incluyendo nutrientes menores o no esenciales.
Al mismo tiempo se reduce el riesgo de tóxicos o agentes
patógenos alimenticios.
- Reducción del consumo de grasas: son los alimentos más
calóricos, por lo que reducir su ingesta es la mejor forma
de evitar la obesidad. No obstante, son necesarias (hasta un 30%
de los aportes calóricos diarios deben ser grasas). Son
preferibles las “de mejor calidad” (insaturadas),
evitando las saturadas y el colesterol por su relación
con las enfermedades cardiovasculares (arteriosclerosis e infarto
de miocardio). Estas “grasas de mala calidad” son
las de origen animal (manteca, mantequilla, tocino, embutido,...)
y algunas vegetales como la de coco y palmito (presentes en la
bollería comercial).
- Adecuar la ingesta calórica al gasto energético
y al mantenimiento del peso corporal: los individuos obesos o
malnutridos tienen más mortalidad y enfermedades. No obstante,
en el niño y en el adolescente, el peso, como dato aislado,
no es válido: al crecer se tiene que aumentar de peso.
Se debe mantener una adecuada relación peso-talla. La utilidad
de los famosos “percentiles” reside en que permiten
compararse con otros niños de la misma edad y sexo, pero,
sobre todo, en que sirven para hacer un seguimiento de cada niño
a lo largo del tiempo, valorando su “carril de crecimiento”.
- Aumento del consumo de azúcares complejos (carbohidratos),
fibra y vitaminas: se encuentran en los vegetales (cereales y
harinas, verduras, legumbres y frutas). Además de tratarse
de alimentos energéticos de mejor calidad que las grasas
(en especial para el funcionamiento cerebral y muscular), probablemente
protegen de algunos cánceres.
- Reducción del consumo de sal: el exceso de su ingesta
en la dieta (frecuente en la mayoría de los países
desarrollados) se relaciona con la hipertensión arterial
(la “asesina silenciosa”) y la mortalidad por hemorragia
cerebral. Una vez adquirido el “gusto por lo salado”
es muy difícil perderlo.
- Evitar el consumo de alcohol: a pesar de que una ingesta moderada
de alcohol (en especial el buen vino) parece relacionarse con
una menor mortalidad total y cardiovascular, en la infancia y
en la adolescencia no se debe ingerir alcohol. Parece una obviedad,
pero muchos de nuestros hijos se inician en el alcohol a los 11
años (“generación del botellón”).
Al igual que ocurre con otros hábitos tóxicos (tabaco,
drogas, etc.) que generan dependencia, es “más fácil
prevenir que curar”.
Nuestra web presenta una Guía Alimentaria en el apartado
“Alimentarse sanos”.
Su finalidad fundamental es que nuestros hijos conozcan los diferentes
tipos de alimentos, su composición en nutrientes o, al menos,
las diferencias entre los mismos, para poder ser capaces de elaborar
su propia dieta saludable.
Es una responsabilidad de los padres, educadores y profesionales
de la salud llevar a cabo esta educación durante la infancia,
cuando es factible la modificación de estilos de vida. ¡Eduquemos
a nuestros hijos a comer saludable! Después será más
difícil... o quizás imposible (¿cuántas
veces se ha propuesto usted bajar peso o comer sin sal?, ¿lo
ha conseguido?).
Esta sección ha sido elaborada
por Jesús Mª Pascual Pérez y Cristina De Hoyos
López, pediatras,
Centros de Salud Juan de la Cierva (Getafe) y Laín Entralgo
(Alcorcón). IMSALUD-Madrid

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