| Desarrollo
psicológico
- Introducción.
- De 0 a 2 años: "Yo y mis padres".
- De 2 a 5 años: "Yo y los otros niños".
- De 5 a 11 años: "Voy a la escuela:
maestros y compañeros".
- De 11 a 16 años: "Yo, mis amigos
y el mundo".
Para poder educar a nuestros hijos resulta muy útil conocer,
en líneas generales, cuáles son las etapas por las
que pasan durante su desarrollo hacia la edad adulta.
Cuando se habla de desarrollo psicológico se incluyen: el
desarrollo cognitivo, afectivo, sexual y social. Para focalizar
los aspectos más propios de una edad específica, hemos
diferenciado las etapas de este desarrollo por tramos de edad:
- 0-2 años, la primera infancia.
- 2-5 años, la segunda infancia.
- 5-11 años, la tercera infancia (o niñez).
- 11-16 años, la primera adolescencia.
Hay que tener en cuenta que éstas etapas son indicativas
y que muchas veces las características de una se solapan
con las de otra.
En cada etapa veremos la importancia de la figura de los padres
como personas que pueden facilitar el crecimiento de sus hijos y
ayudarles a desarrollar su propio potencial.
Durante sus primeros meses de vida, el bebé se abre a un
mundo totalmente nuevo y por conocer: no solamente las cosas y las
personas que le rodean son todo un descubrimiento, sino su propio
cuerpo es una herramienta que todavía no conoce ni sabe controlar
bien. El niño puede, por ejemplo, pegarse con la mano involuntariamente,
a causa de la falta de coordinación y control sobre sus propios
movimientos, o puede asustarse de su primer estornudo, ya que todavía
está descubriendo los sonidos de su cuerpo y de su propia
voz.
En la tabla 1, podemos ver el esquema
del desarrollo motor durante el primer año.
En el primer año de vida la figura materna
(que suele ser la madre, pero que puede ser también la abuela,
la niñera o quién pase la mayor parte del tiempo con
el niño) es la que tiene el papel fundamental en el desarrollo
armónico del niño. El recién nacido considera
a la madre como una prolongación de sí mismo, fuente
de satisfacción de sus propios deseos y necesidades. La madre
le proporciona ante todo nutrición física: pecho o
biberón, lo importante es que lo coja en brazos con cariño
mientras come, de forma que el niño perciba el contacto físico
con ella como gratificante. La presencia constante de esta persona
adulta, interviniendo positivamente cada vez que el niño
encuentra una dificultad (está con sueño o tiene hambre
o quiere que le cojan o que le cambien), ayudándole en la
superación de sus miedos y en el logro de sus objetivos,
favorece que el niño desarrolle un sentimiento de seguridad.
De esta forma, la madre integra con sus actos (suaves, amorosos
y pacientes) las capacidades todavía muy limitadas de su
hijo. La relación inicial que se crea entre madre e hijo
es muy importante para el bebé, ya que servirá de
"modelo" para otras relaciones futuras. A parte de la
nutrición física, la figura materna proporciona alimento
cognitivo para las actividades motoras, sensoriales y mentales del
niño: cada vez que interacciona con él, cuando juega,
lo coge en brazos, le enseña cosas, le canta, le deja explorar
la cara y su pelo, le habla, le mueve los brazos o las manos, le
proporciona objetos para jugar, le ayuda a cambiar posición,
etc. La madre, sin tener a veces conciencia de ello, estimula y
crea las condiciones favorables para la manipulación y la
exploración del ambiente. Un indicador importante para saber
si un niño es feliz, lo tenemos a partir de los dos o tres
meses, cuando aparece la sonrisa ya no solamente como respuesta
a una necesidad satisfecha, sino de forma relacional, como expresión
de alegría en relación con un objeto externo, por
ejemplo un rostro conocido que esté enfrente de él,
se mueva, sonría o le hable.
Muchos padres desearían tener un "manual de instrucciones
de uso" a la salida del hospital y de camino hacia casa con
un pasajero nuevo más en el coche (por cierto, llevado en
un cuco o silla homologada y no en brazos). La observación,
la curiosidad y la paciencia, junto con el amor e interés
hacia su hijo, nos indicarán muchas veces el camino a seguir.
El padre, físicamente presente
desde el principio en la educación de su hijo, entra en el
espacio psicológico del bebé de forma más lenta
y progresiva. Esto quiere decir que su importancia aumentará
en la medida en que él comparta las actividades ya descritas:
satisfacer necesidades (también un hombre puede dar el biberón
o cambiar y vestir al niño) y facilitar el desarrollo de
su inteligencia sensitivo-motora, interactuando con él y
favoreciendo la exploración del entorno. Durante los primeros
meses, la boca es el órgano de satisfacción y de exploración
más importante: debido al placer que le proporciona la comida
y en general la succión, así como el gusto que siente
al explorar todo lo que es nuevo llevándoselo a la boca,
la parte que es más sensible al placer es la zona oral. En
este período la forma de comunicación más importante
es la no-verbal, que se realiza a través del tacto y del
contacto visual.
Poco a poco, el niño adquiere conciencia de que sus padres
son algo distinto de él. Además empieza a ser capaz
de pensar en las cosas y en las personas que conoce sin estar ellas
presentes (10-12 meses). Tal capacidad de "recordar" algo
o alguien no físicamente presente, le permite empezar a asociar,
de forma rudimentaria, los objetos con un nombre o sonido que les
identifique: estamos a la puerta del lenguaje verbal y por lo tanto
de otra forma de relacionarse con los otros y el mundo.
En la tabla 2 podemos ver el desarrollo
del lenguaje
El mundo se amplía y empieza a crecer cada vez más
alrededor del niño. Su progresiva libertad de movimiento
le permite explorar todo lo que le rodea de forma relativamente
autónoma, ya que ahora puede andar, subirse a una silla,
bajar escaleras, correr, dibujar, saltar,...
El niño domina muchas palabras y manifiesta su constante
curiosidad por conocer los nombres de los objetos, su funcionamiento,
preguntando sin parar el "¿Por qué?" de
las cosas. Es la edad de las preguntas: "¿Por qué
el cielo es azul?", "¿Por qué el agua moja?",
"¿Por qué sale el sol?"... Muchas veces
los adultos se sienten agotados frente a estos "asaltos de
curiosidad". Otras veces, simplemente no saben contestar o
están cansados de justificar todo lo que dicen o piden al
niño que haga. Entonces a veces utilizan su autoridad sin
más: "¿Por qué tengo que comer?",
"Porque lo digo yo", "Porque sí". Lo
ideal sería argumentar nuestras respuestas de forma sencilla
y comprensible pero también lógica, para que el niño
se sienta satisfecho de la respuesta y sobre todo aprenda a dialogar.
Uno de los nuevos intereses que los niños manifiestan es
relativo a las diferencias sexuales anatómicas. Niños
y niñas descubren, por ejemplo veraneando en la playa, haciendo
pis o jugando a médicos y enfermeras, que tienen órganos
genitales diferentes. Este interés está motivado exclusivamente
por curiosidad y no hay que temer que la exploración, propia
o del otro sexo, tenga repercusiones en el desarrollo normal del
niño. Desde un punto de vista educativo es importante saber
que, una vez satisfecha esta curiosidad, los niños no suelen
prestar mayor interés en el tema. Es durante este período
cuando suele llegar la pregunta tan difícil para los padres:
"¿Cómo nacen los niños?".
Afectivamente el niño empieza a relacionarse de forma significativa
también con los hermanos y otras personas de la familia,
ampliando su círculo afectivo primario. Cuando sus hermanos
son de edades cercanas, entonces pueden ser buenos compañeros
de juego. La creatividad se dispara, ya que todo puede "ser
como" otra cosa: la silla puede ser un caballo, una niña
con un pañuelo en la cabeza puede ser la abuela, un niño
con un bastón se transforma en un domador de leones. La actividad
fantástica, que el niño realiza a través de
la fabulación o escuchando la lectura de un cuento antes
de dormirse, contribuye al desarrollo de su pensamiento. Hay que
tener en cuenta que a veces, la tendencia de los niños a
"contar historias" está muy relacionada con este
placer de inventar un cuento, y no tiene la intención de
engañar o mentir a los padres. A veces simplemente confunden
la "realidad" con la "fantasía". El niño
es aún muy egocéntrico, es decir, se cree el centro
del mundo: de esta forma, la realidad es como él la percibe
o como, a veces, se la inventa. Por ejemplo, si alguien adulto usa
gafas porque no ve bien, el niño se las quita y dice, "¡Claro
que ves bien!" porque no diferencia entre la visión
del "otro" y la suya. Si él ve, el otro tiene también
que ver. El niño percibe el mundo a través de sus
propios ojos. Todavía no es capaz de ponerse desde el punto
de vista de los demás. Esta perspectiva se adquiere progresivamente
durante el proceso de maduración cognitiva.
La guardería es un ambiente que suele facilitar la socialización
con otros niños de la misma edad. Nuevas figuras de adultos
significativos coordinan la convivencia de todos los niños
según reglas comunes, y éstos aprenden las primeras
normas sociales, como
la de ponerse en la fila para subir al tobogán.
Un importante avance en la autonomía del niño se
verifica cuando aprende a controlar sus necesidades fisiológicas
de ir al baño. Este verdadero logro para el niño,
debería de ser reforzado positivamente por los padres cuando
se consigue. Sin embargo, no hay que regañarlo si el control
de orina se retrasa hasta los 6 años. Tampoco hay que regañar
cuando hay "accidentes", por ejemplo cuando el niño
está demasiado ocupado en jugar y "se le olvida",
porque lo único que se consigue es un sentimiento de frustración
y vergüenza por su incapacidad de controlarse; además
le creamos inseguridad en relación con el ambiente. Simplemente
hay que "recordarles" periódicamente si tienen
necesidad de orinar, hasta que ellos sean capaces de darse cuenta
y controlarse solos.
Durante estos años, empiezan los primeros celos en la familia,
sobre todo si nace un hermanito pequeño, ya que el tiempo
y las atenciones de los padres no son dedicadas exclusivamente hacia
él como antes. La progresiva asunción de este cambio
familiar contribuirá en forma positiva a la salida de su
egocentrismo, en la medida en que perciba que sus padres siguen
queriéndole y el hermano no le ha "sustituido"
frente a ellos.
Algunos celos pueden manifestarse también hacia el progenitor
de su mismo sexo, ya que a veces el niño puede percibirle
como un "rival" en el amor del otro miembro de la pareja.
La superación de este problema afectivo, llamado complejo
de Edipo, se resuelve a través de una progresiva identificación
de la niña con la madre (para que el padre la quiera) y del
niño con el padre (para que la madre le quiera). Cada uno
asume e interioriza un determinado rol sexual y social de niño
o niña.
Ahora no solamente considera a los demás como "otros",
sino que toma conciencia de su propia individualidad y de su diferencia
con respecto a los demás: el "quiero" y sobre todo
el "No quiero" son las palabras que más resuenan
en la casa. Estas frases no tienen el sentido de provocar, ni tampoco
de llevar siempre la contraria. Los niños necesitan decir
"no" para ver que "pueden decir no", que pueden
tener una voluntad independiente. La necesidad de definir el poder
del "yo" hace que, además de expresar sus deseos,
el niño marque lo que es su propiedad con el adjetivo posesivo
"mío", aún cuando esto no corresponde a
la realidad y quizás ese objeto del que quiere apoderarse
sea de su hermano. No es egoísmo ni mal genio: su hijo está
entrenando sus fuerzas para ver la capacidad que tiene de modificar
el entorno según sus gustos, y también está
buscando los límites a su voluntad, si es que existen. Aquí
el papel de los padres es muy importante, dado que son ellos los
que marcan esos límites, por lo menos hasta que no lo hagan
el entorno físico y sobre todo el entorno social en el futuro.
Los niños necesitan saber que su voluntad tiene unos límites.
Por esta razón, por ejemplo, cuando aparecen las rabietas
es importante que el adulto tenga clara la respuesta que quiere
dar a su hijo. Firmeza no quiere decir autoritarismo. Los padres
pueden decir que no, con tono seguro y tranquilo, aún cuando
el niño se eche al suelo llorando como un desesperado (normalmente
en un lugar público, como en el supermercado o en la calle,
y también en casa cuando hay invitados), intentando por todos
los medios que los padres cedan a su voluntad y le den lo que quiere.
En estos casos, si queremos que esta conducta desaparezca del repertorio
de sus comportamientos, lo mejor es ignorarle completamente. Entonces
el niño entenderá que "no es ésta la forma"
de pedir algo. Por lo contrario, si nos sentimos condicionados por
la presencia de otras personas, por lo que pensarán o dirán
de nosotros, y damos al niño lo que pide a gritos para que
se calle, estamos reforzando su conducta: es una forma de confirmarle
que con este modo de actuar, al final obtiene el resultado buscado.
Es importante que los padres tengan claros estos límites
- y que no sea el niño el que los regule - ya que son necesarios
para su buen y normal desarrollo. El intentar "desafiar"
les confiere un sentido de iniciativa personal.
La entrada en la escuela marca un hito importante en la evolución
del niño: que empiece a “sentirse grande”. Toda
su curiosidad y energías se centran en el aprendizaje, gracias
a las habilidades de leer y escribir que adquiere. La vida es ahora
como una aventura: su pensamiento se hace cada vez más flexible,
capaz de poner en relación ideas y conceptos nuevos. El niño
descubre el sentido del tiempo y la historia, la grandeza del espacio
físico y la geografía; los números superan
de mucho los dedos de las dos manos y las operaciones matemáticas
le llevan progresivamente a la abstracción mental; su cuerpo
responde como nunca, coordinando los movimientos necesarios en las
varias actividades físicas que realiza; las actividades manuales
se le dan de maravilla, ya que sus dedos tienen una precisión
hasta entonces desconocida, y sus dibujos parecen “casi”
una obra de arte. Son felices cuando los padres se asombran con
él por sus descubrimientos o cuando se alegran de los trabajos
realizados, reconociendo su esfuerzo por hacerlo bien.
El radio de acción del niño es cada vez más
amplio: al ambiente familiar se añaden la escuela y el barrio.
En la escuela el niño se encuentra inmerso en un contexto
más estructurado con respecto a la guardería, con
normas sociales necesarias para el aprendizaje de todos. El maestro,
nueva figura de adulto significativo, es admirado por sus conocimientos,
a veces temido por su autoridad (aunque no debería serlo,
si la autoridad está bien entendida y utilizada) y otras
muchas veces es imitado como modelo positivo. El niño suele
compartir con los padres los sucesos de su quehacer diario, cuando
éstos demuestran su interés en escucharles: “Papá,
¿sabías que...?”. Es también la edad
en que empiezan los acertijos: “Mamá, adivina: ¿qué
hacen...?”. Los padres a veces están ocupados, cansados
por el trabajo o pueden tener preocupaciones. No obstante, sería
conveniente que, aunque durante poco tiempo, les dedicaran atención
exclusiva, para que así los niños sigan percibiendo
que son importantes y queridos por ellos. Hay que tener en cuenta
también que los niños tienen “antenas”
y perciben mucho más de lo que los adultos podemos imaginar.
Esto significa que en toda situación de dificultad, preocupación
o conflicto se debería siempre intentar tranquilizar al niño,
asegurándole que el afecto de ambos padres por él,
sigue constante.
Conversar con ellos y escucharles significa ante todo dialogar
y al mismo tiempo darles la oportunidad de ejercitar su capacidad
narrativa: mientras los niños pequeños suelen contar
un evento en forma de episodios sucesivos “ ...y luego ocurrió
esto,... y después esto otro, y luego... etc.”, ahora
se nota una labor de construcción lingüística
mucho más estructurada, con frases complejas, palabras nuevas,
entonación específica y una gran riqueza en los detalles
descriptivos.
Aparte de la escuela, los niños necesitan poder seguir jugando.
Es importante que los padres sigan dejando a sus hijos del verdadero
"tiempo libre", para que puedan jugar con sus amigos o
correr al aire libre, cuando esto sea posible. No toda actividad
tiene que ser estructurada, ya que se puede sobrecargar al niño
con exigencias de adultos: pretender que vaya a la escuela, practique
un deporte, estudie un instrumento musical, se dedique a una actividad
manual y prepare la clase del día siguiente, todo en una
tarde, sería agobiante para cualquiera de nosotros. El objetivo
principal de este período debería ser el ofrecerles
alternativas, abrirles puertas para que vean lo que existe a su
alrededor, descubrir posibles intereses y ensayar las propuestas
que la vida diaria nos ofrece... pero con tranquilidad.
Las actividades lúdicas se hacen más complejas. Aparecen
los juegos de equipo, que antes hubieran sido imposibles de plantear.
Los niños de esta edad consideran a los otros niños,
no solamente como compañeros de juego, sino como verdaderos
colegas con quienes organizarse en equipo para ganar el partido.
Los niños entienden y aprenden el significado de las reglas
del juego: saben que deben ser respetadas para que el juego funcione
y controlan que los demás las respeten. Aprenden a ponerse
en el punto de vista de "los otros" para prevenir sus
movimientos, defender su campo y organizar "estrategias de
ataque"; sobre todo aprenden a colaborar con el resto de su
equipo para mejorar las posibilidades de victoria. Todo esto es
posible porque los niños de esta edad ya no son tan egocéntricos
como los pequeños, sino que saben cambiar su perspectiva
para imaginarse como otra persona puede ver el mundo y qué
es lo que él haría "si estuviera en su lugar".
Los grupos suelen ser formados por niños del mismo sexo,
ya que en este período no hay especial interés en
el otro "bando". Durante este período de latencia,
en el que casi no existen intereses de carácter sexual, toda
la energía es concentrada en las actividades de aprendizaje
y socialización ya descritas, hasta llegar a la adolescencia.
En la tabla 3 vemos el desarrollo sexual según Freud
La adolescencia suele ser un período bastante temido por
los padres, sobre todo por los importantes y rápidos cambios
que se verifican en sus hijos.
¿Cómo hay que comportarse frente a esta transformación?
En realidad, la adolescencia es una etapa como otras, solamente
que un poco más compleja, ya que abarca casi todos las facetas
de la vida. Nuestros hijos van siendo cada vez más independientes,
personalidades autónomas que quieren probar sus propias capacidades
de ser personas independientes en este mundo. También nosotros
la hemos pasado...
Uno de los cambios más fáciles de percibir es el crecimiento
físico que se produce, conocido como "estirón".
A veces los cambios fisiológicos son tan rápidos que
ni ellos mismos tienen tiempo de asumirlos.
El interés para los miembros del otro sexo se hace muy fuerte:
atracción, curiosidad y verdaderos enamoramientos que a veces
les descolocan. Estas pruebas de relaciones de pareja, que se dan
sobre todo a partir de los 15-16 años, son muy importantes
ya que ayudan a madurar una identidad sexual propia y definida.
Esta capacidad de compartir la propia identidad e intimidad, son
condiciones que favorecen una relación futura, emotivamente
estable y humanamente constructiva.
A nivel de las estructuras mentales, el desarrollo del pensamiento
permite la creación de hipótesis y el desarrollo de
una lógica por deducción. Ahora su cerebro tiene todas
las herramientas necesarias para poder entender y participar a la
creación de la cultura y del conocimiento humano. Es una
experiencia estupenda, que les confiere un sentido muy grande de
libertad mental. Las preguntas de carácter moral se vuelven
muy importantes: todo lo cuestionan, porque quieren saber lo que
realmente vale. Es importante que los padres conozcan esta necesidad
que sus hijos tienen de verificar todo lo que les han enseñado:
no quieren rechazar de entrada la educación recibida, sino
que necesitan elegir personalmente si asumir, rechazar o modificar
lo que hasta ahora han aceptado desde fuera sin mucha reflexión,
como parte de su propia identidad. Una posición definida
y relativamente estable será alcanzada solamente en la adolescencia
tardía, ya a las puertas de la edad adulta. Muchos jóvenes
suelen recuperar de forma autónoma y como resultado de una
elección personal, muchas de las enseñanzas recibidas
de sus padres.
El desafío más fascinante de la adolescencia es éste:
la definición de una identidad propia, única, capaz
de relacionarse con los otros de forma crítica y creativa.
Con este objetivo, los chicos necesitan buscar respuestas fuera
de su hogar y círculos tradicionales: hacen nuevas amistades,
cultivan ciertas pasiones o intereses, hacen "pruebas"
de identidad, cambiando de estilo de vestir, de tipo de peinado,
de forma de andar por la calle... Los amigos y el grupo son muy
importantes, ya que son los foros que les permiten realizar estas
tentativas de exploración social, en busca de su lugar en
este mundo. Normalmente cambian "muchas pieles", antes
de encontrar la que mejor se ajusta a su manera de ser.
Éste es un período de transición irrenunciable
para quien quiera llegar a ser una persona adulta y madura, capaz
de hacer sus propias elecciones en la vida. Es ahora cuando muchos
adolescentes empiezan a tener claro lo que les gustaría hacer
de mayor y empiezan a asumir
de manera gradual la responsabilidad de sus propias acciones.
La adolescencia es un banco de pruebas importante de las bases
sobre las que se ha ido asentando la relación con los hijos
a lo largo de su niñez: un clima de diálogo en la
familia suele ser la mejor forma de solucionar conflictos que, muchas
veces, no son más que incomprensiones.
A pesar de que la comunicación sea una herramienta fundamental
para una pacífica vida familiar, esto no garantiza - ni falta
hace que lo haga - que en determinadas ocasiones haya claros enfrentamientos.
Con este panorama, es ante todo importante que comprendamos una
cosa: cuestionar a los padres no significa dejar de quererles. Cuestionar
a los padres significa tomar distancia de lo que ellos representan:
su niñez, su dependencia, su incapacidad para tomar decisiones
por si mismos. Significa buscar un camino propio, ensayando vías
alternativas a las asumidas como únicas y correctas hasta
entonces. Significa arriesgarse, asumiendo también que uno
puede equivocarse. Es natural que todo esto nos genere cierta angustia:
aunque confiamos en nuestros hijos, tenemos miedo por su inexperiencia
en las cosas de la vida o por la gente con la que podría
encontrarse. Tener miedo es parte de esta ardua tarea de ser padres:
tendremos que asumir que, a veces, hay que pasar miedo. Es verdad
que existe la posibilidad de no dejarles salir: no dejarles salir
del hogar, de nuestro control, de nuestra protección, de
nuestros miedos. Habrá que ver si merece la pena, ya que
el precio a pagar será alto: hacer de nuestros hijos unas
personas inseguras, dependientes e incapaces de tomar decisiones
en su propia vida o, por lo contrario, hacer que se escapen por
completo de nuestro control.
¿Cómo comportarse entonces?
Existen diferentes estilos educativos, es decir, diferentes maneras
de educar a los hijos. No existe una manera válida siempre
y para todos, ya que cada uno de nosotros es único e irrepetible.
Habrá que evaluar y adecuar nuestras pautas educativas conforme
a la situación y personalidad específica con la que
estamos en relación, en este caso, a nuestro hijo adolescente.
Nuestro objetivo fundamental sigue siendo el de crear las condiciones
para que nuestro hijo madure, es decir, para que gradualmente y
progresivamente vaya tomando decisiones sobre sí mismo, su
vida presente y sus proyectos futuros. Será él quien,
poco a poco, llegará a ser plenamente responsable de su vida
y creador de su futuro.
Sin embargo, el camino hacia la libertad de ser plenamente uno
mismo, no es del todo recto. Los adolescentes a veces tienen conductas
de riesgo, es decir, comportamientos que pueden perjudicar su salud.
Conducir de forma poco prudente, beber en exceso o tomar algunas
pastillas en las fiestas, fumar o incluso probar drogas, son comportamientos
cuya explicación no es sencilla ni unívoca. Razones
de carácter social, la influencia del grupo, el carácter
del individuo, la educación recibida y otras características
pueden facilitar o alejar del chico de tales situaciones. Un rasgo
psicológico común que tienen los adolescentes es el
de tener una generalizada sensación de invulnerabilidad,
que les hace minimizar los riesgos existentes en una determinada
situación o comportamiento. En este sentido, el clásico
papel de los padres, expresado en su famoso "ten cuidado...",
sigue siendo el más adecuado. Aunque parezca que están
cansados de oír siempre lo mismo cada vez que salen, en el
fondo saben que sus padres piensan en ellos y son un poco insistentes
porque en el fondo les desean lo mejor. Es importante que los hijos
sigan percibiendo que pueden recurrir a sus padres en caso que tengan
algún problema de difícil solución, tan solo
para pedirles consejo.
Por otro lado, estos mismo adolescentes suelen tener un alto grado
de idealismo: muchos valoran la amistad como un sentimiento casi
sagrado y pueden establecer vínculos amistosos muy estrechos,
otros buscan el amor de su vida y lo darían todo para él
o ella; algunos desarrollan un profundo sentimiento religioso, otros
se afilian a una determinada ideología política o
social. El hecho común a todas estas experiencias es que
se puede pensar, sentir y creer en algo de forma muy profunda y
universal: se lo permite su pensamiento, así como su corazón.
La búsqueda de modelos es otro rasgo importante: el personaje
ideal, muchas veces objeto de imitación, puede ser un futbolista
o una modelo (visto lo que nuestra sociedad propone últimamente),
un cantante o una bailarina. Es suficiente con entrar en la habitación
de nuestros hijos y ver cuales son los pósteres colgados
en la pared, para adivinar algunos de sus modelos actuales. Los
modelos siempre proponen valores, sean estos transmitidos de forma
directa o indirecta. Si queremos que nuestros hijos tomen en consideración
la existencia de valores alternativos a los que están de
moda, o que tan solo abran un poco su abanico de posibilidades morales,
será importante proponer "modelos alternativos".
En esta etapa más que nunca, las palabras no son suficientes:
es necesario que las propuestas de los adultos sean coherentes con
un modelo de vida. Desde siempre, pero ahora con mucho más
fuerza, la coherencia entre hechos y palabras es la que marca la
diferencia entre lo que merece la pena aceptar y lo que no.
Quizás nunca como en la adolescencia aprendemos que los
hijos hay que "dejarles ir", poco a poco, pero irremediablemente.
Lo hemos hecho cuando han empezado a dar sus primeros pasos, cuando
han aprendido a conducir su bicicleta y ahora nos lo piden psicológica
y afectivamente. Esto no significa perderles, sino dejarles llegar
a ser lo que pueden y quieren ser. Y para ello necesitan espacio,
un espacio vital amplio, donde empezar a extender las alas y a volar.
Educar, en el fondo, no significa otra cosa que hacer a las otras
personas libres. Es curioso notar que la palabra "educar"
significa "conducir afuera": hemos caminado con nuestros
hijos de la mano hasta ahora; pronto estarán a la puerta
de la edad adulta, listos para emprender su propio camino.
Esta sección ha sido elaborada
por Margherita Brusa, pedagoga,
y Concha Bonet Luna, pediatra

|