| Reflujo
vesicoureteral
- ¿Qué es el reflujo vésicoureteral?
- ¿Por qué se produce?
- ¿Es importante para mi hijo?
- ¿Cómo se diagnostica?
- ¿Cómo se trata?
El reflujo vésicoureteral (RVU) es el paso anómalo
de orina desde la vejiga urinaria hacia el uréter y, en ocasiones,
el riñón. Es decir, en sentido contrario al habitual,
pues la orina se produce en los riñones y desciende por los
conductos llamados uréteres hasta la vejiga, donde permanece
hasta que se expulsa al exterior al orinar.
En condiciones normales, la unión de cada uno de los uréteres
con la vejiga realiza una función de válvula de un
solo sentido, de modo que únicamente permite el paso de la
orina en sentido descendente hacia la vejiga. Pero en algunas personas
esa función está alterada, lo que hace posible que
la orina acumulada en la vejiga pueda ascender por el uréter
e incluso llegar hasta el riñón. Según se afecten
uno o los dos uréteres se define como reflujo uni o bilateral.
El RVU es frecuente en los niños, tanto que se calcula que
un 1% de la población infantil puede tener este tipo de reflujo,
aunque no tenga ningún síntoma.
Ya hemos comentado que se debe a una alteración en la unión
de uno o los dos uréteres con la vejiga. Y, aunque no es
la única causa, la herencia juega un importante papel, pues
se ha demostrado que el reflujo es más frecuente en niños
con hermanos o padres con esta anomalía.
Sí que lo es, porque, a pesar de que en muchas ocasiones
es asintomático y de que en algunos casos, sobre todo los
más leves -y, afortunadamente, los más frecuentes-
pueden desaparecer cuando el niño crezca. Pero, hasta ese
momento, el reflujo puede dañar él o los riñones,
provocando una disminución en su función y, en los
casos más graves, hipertensión arterial e insuficiencia
renal.
El RVU se suele diagnosticar en los niños al hacerles un
estudio tras una infección de orina, un diagnóstico
de posible alteración renal por ecografía en el embarazo
o porque hay antecedentes familiares de reflujo. Para su diagnóstico
se emplean la ecografia renal, la cistografia y la gammagrafia renal.
Con la primera podemos ver el riñón y los uréteres
para descartar otras malformaciones. La cistografia, que es la prueba
que establece si hay o no reflujo, consiste en administrar un contraste
radiológico en la vejiga del niño a través
de la uretra, mediante sondaje, y posteriormente hacerle orinar,
de este modo podremos ver en las radiografías si la presión
producida al orinar produce una subida de orina hacia el riñón,
con ello tendremos el diagnóstico y el grado del reflujo.
En ocasiones, en esta prueba puede sustituirse el contraste por
radioisótopos, ya que éstos irradian menos y además
su exploración dura algo más de tiempo, lo cual puede
permitir ver pequeños episodios intermitentes de reflujo.
Las otras técnicas gammagráficas se usan para comprobar,
en los casos con infección urinaria, si se han producido
pequeñas “cicatrices” en los riñones.

El tratamiento del niño con reflujo se centra en prevenir
la infección de orina para evitar lesiones renales, pues
parece ser que la infección junto con el reflujo son la causa
de la lesión renal, aunque algunos reflujos, si son muy importantes,
pueden producir lesiones por sí solos. El reflujo se clasifica
en diferentes grados que van desde I a V según su intensidad,
así el I afecta sólo al uréter y el V produce
una significativa dilatación del uréter y llega hasta
el riñón. Esta clasificación tiene también
importancia para el tratamiento, pues en los grados I a III el tratamiento
será médico y grados mayores, IV y V, requerirán
tratamiento quirúrgico.
Los grados I a III tienen un 60-80% de probabilidades de curar
espontáneamente y muy pocas de sufrir infecciones de riñón
(pielonefritis) si se establece una correcta prevención antibiótica.
Ésta se realiza administrando pequeñas dosis de antibiótico
cada día, de forma continuada por vía oral y de preferencia
por la noche en una única toma. También es importante
mantener una buena higiene de la zona genital y urinaria en las
niñas (limpiando siempre de delante hacia atrás) y
del prepucio en los varones, y en los niños mayorcitos que
ya controlen los esfínteres, unos buenos hábitos miccionales
(realizar micciones frecuentes cada 3 horas y completas, ”sin
prisas”, durante el día) e intestinales, evitando el
estreñimiento, ya que éste es un factor de riesgo
para la infección urinaria. En los grados IV y V el tratamiento
suele ser médico (antibiótico) hasta los 2 años
y si en ese momento el reflujo no ha desaparecido, se deberá
considerar el tratamiento quirúrgico, pero valorándose
de manera individual en cada niño. En algunas ocasiones,
si el niño presenta infecciones renales repetidas, la intervención
puede estar indicada antes de esa edad.
Esta sección ha sido elaborada
por Joan Martí Fernández, pediatra,
Instituto Catalán de la Salud

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