| Resolución
de problemas y conflictos
- Introducción
- ¿Qué es un conflicto?
- Procedimiento para resolver conflictos y tomar
decisiones
- ¿Cuál es el problema?
- ¿Quién tiene el problema?
- ¿Qué sabemos sobre el
tema?
- ¿Existen alternativas?
- ¿Qué curso de acción
elegimos?
- ¿Ha sido una elección
acertada?
- Consejos para resolver conflictos menores
- Reflexiones finales
El conflicto es un aspecto que ocupa un considerable lugar en la
vida: pensar que se puede pasar sin ello es utópico. Pero
lo que sí podemos hacer es aprender a solucionarlo de forma
creativa.
Nuestra vida es un ejercicio de elección continua. Si reflexionáramos
un momento sobre las decisiones que tomamos en un día, nos
sorprendería la extensión del listado. Por ello, y
porque las decisiones que tomamos afectan a otros, es inevitable
que surjan los conflictos con frecuencia.
Según JA Marina, el obstáculo que dificulta nuestro
avance y a veces nos paraliza. También es una decisión
difícil de tomar. Pero que sea difícil no significa
que no se pueda abordar. Son pocas las cosas que no tienen ninguna
solución... quizás solamente haya una.
Antes de empezar a recorrer los pasos necesarios para solucionar
un conflicto y tomar una decisión, es importante recordar
que:
No existe problema cuando no hay más que una solución;
pero habitualmente hay muchas soluciones entre las cuales elegir.
Los dilemas (del tipo blanco/negro) son más una construcción
mental que una realidad; además las soluciones extremas no
suelen ser las mejores.
Nuestros pensamientos influyen de modo determinante en nuestras
emociones y son previos a las mismas. Si por la calle, alguien me
toca la espalda y pienso que me quiere robar el bolso, tendré
una reacción de defensa frente al agresor (que luego puede
resultar ser un amigo que quería saludarme). Esto ocurre
igual si pienso que mi hijo está mintiendo. En ese caso,
tendré unos sentimientos y una actitud bien distintos a los
que tendría si creyera en sus palabras.
Podemos clasificar los conflictos en:
- Gana – pierde. Ocurre cuando
una de las partes evita el enfrentamiento de forma sistemática
por pereza, desidia o miedo. Son personas que evitan el conflicto
a priori y prefieren perder de entrada en lugar de enfrentarse
al otro, independientemente que puedan tener sus razones. El conflicto
les genera angustia y la única salida que encuentran es
la huída. Negar el conflicto no parece ser una solución
adecuada a menos que el tema sea de poca importancia. Lo mejor
es encontrar la forma oportuna de enfrentarse a ello y confrontar.
En esta clase de conflictos también están los que
quieren y pretenden vencer siempre. Son los que no escuchan razones,
porque su punto de vista es absolutamente correcto. Consiguen
imponer su opinión cuando el otro es débil, frágil
o en algún modo dependiente e inferior.
- Pierde – pierde. Los conflictos
donde ambas partes pierden son los conflictos mal manejados y
mal resueltos. Son fácilmente reconocibles porque las personas
se quedan con una sensación de insatisfación, frustración,
impotencia y soledad. Son conflictos en los que la falta de escucha,
el juzgar al otro de entrada, las posturas extremas y el lenguaje
ofensivo van distanciando a las personas involucradas hasta construir
barreras de prejuicios que pueden minar una relación. El
afecto por el otro nos puede jugar malas pasadas, cuando todo
lo que estamos haciendo es "por él". El chantaje
emocional, explícito o involuntario, también debilita
la relación e introduce deficiencias en el desarrollo emocional,
psicológico y humano. El resultado pierde-pierde se da
no sólo cuando se pierde la batalla, sino cuando de alguna
forma se pierde también algo de la otra persona.
- Gana – gana es el conflicto
positivo que aquí quisiéramos enfocar. Se gana a
través de la comprensión del otro y la negociación
de los valores en juego. Se gana cuando se aprende y cuando se
crece, al menos un poco. Se negocian las condiciones, los tiempos,
las modalidades, etc. para solucionar el conflicto. Todos ceden
algo y todos ganan algo. Este parece el modo más eficaz
y sano para enfrentarse a situaciones conflictivas. Lo importante
no es cómo eliminar o prevenir el conflicto, sino cómo
sostener una controversia animada, en lugar de disputas letales.
Vamos a desarrollar algo más todo esto.
Dependiendo del ámbito, cada persona puede tener conflictos:
- consigo misma => conflictos de conciencia.
- con otras personas => conflictos interpersonales.
- con la sociedad => conflictos sociales.
Aquí trataremos de los conflictos interpersonales en el
ámbito familiar, con especial atención a la relación
entre padres y hijos.
A resolver conflictos se puede aprender (independientemente de
la edad) y también se puede enseñar. Las técnicas
de las que vamos a tratar sirven tanto para resolver las situaciones
conflictivas ya existentes, como para prevenir otras en el futuro.
Aunque hay muchas formas de abordar este tema, a nosotros nos parece
útil seguir estos 6 pasos, definiéndolos claramente
en cada situación:
- ¿Cuál es el problema?
- ¿Quién tiene el problema?
- ¿Qué sabemos sobre el tema?
- ¿Qué alternativas hay?
- ¿Qué curso de acción elegimos?
- ¿Ha sido una elección acertada?
¿Cuál
es el problema?
Definir de forma clara y concisa el tema.
Este primer paso es de fundamental importancia. La primera pregunta,
clave para todo el proceso de resolución, nos obliga a definir
el problema en cuestión de forma clara, concisa y concreta:
- hay que utilizar palabras sencillas y
- formular el problema en una frase,
- utilizando un lenguaje adecuado.
La formulación del problema ha de ser clara y no muy larga.
La frase utilizada debería definir el problema de una forma
muy concreta. Por ejemplo: “Mi hija no come” o “Carlos
quiere hacerse un tatuaje en la espalda”.
Es muy importante utilizar un lenguaje descriptivo, para no plantear
el asunto con juicios de valor que descalifiquen de entrada situaciones,
personas o acciones ( ir
a Habilidades de Comunicación).
Si se decide abordar un problema, hay que centrarse en ello sin
pretender solucionar varios asuntos a la vez: mezclar problemas
es la mejor manera de no resolver ninguno de ellos. Una forma útil
para enfocar el tema que más nos interesa tratar, es escribir
un listado de todos los asuntos que nos preocupan, con el fin de
apartarlos temporalmente de la discusión y dejarlos para
otro momento. De este modo, los padres no se enfrentarán
con “el desastre de mi hijo”, sino con un aspecto o
un comportamiento específico que él mantiene. Este
método resulta extremadamente útil para ambas partes:
los padres pueden focalizar su atención y energía
en resolver un solo asunto y el hijo percibirá que no es
“un fracaso viviente”, sino que hay algo concreto que
tratar.
Hay veces en las que la simple definición del problema finaliza
el conflicto, porque ni siquiera existía. Esto ocurre, como
muestra, cuando los padres tienen un problema, mientras su hijo
tiene otro. Cecilia, por ejemplo, no quiere ponerse el abrigo al
salir de casa. Sus padres insisten, porque está lloviendo
y no quieren que se moje. Cecilia no quiere ponérselo porque
no le gusta ese color. Posiblemente haya en casa otro abrigo de
otro color que solucione el asunto desde su comienzo y todos queden
satisfechos.
¿Quién
tiene el problema?
A cada uno su problema.
Todas las cosas pueden ser observadas bajo diferentes puntos de
vista. Lo mismo ocurre con los problemas. Por eso lo que es un problema
para alguien, puede no serlo para otra persona.
Los problemas no existen “de por sí”, en abstracto,
sino que siempre existen “para alguien”. Yo tengo un
problema.
Si su solución depende de mí, entonces no hay conflicto
con otras personas: es mi problema.
El problema personal se transforma en
asunto interpersonal cuando su solución
implica la colaboración de otras personas, en este caso de
mi hijo. El asunto interpersonal se transforma en conflicto
interpersonal cuando las dos partes no están de acuerdo
en su formulación o solución. Que Cecilia coja o no
el abrigo, que Carlos se tatúe o que se afeite la cabeza,
es SU problema. (Si Cecilia pasa o no
frío o si se moja, no me ocurre a mí, sino a ella,
aunque a mí que la quiero y por su bien, me gustaría
que no le pasara. Pero el que a mí me disguste que se enfríe,
no quita que es un problema de ella, no mío. (Para
el tatuaje de Carlos ver tema Habilidades de Comunicación
ir). Es importante diferenciar los problemas de los hijos de
los problemas de los padres. Este es un tema difícil pero
fundamental, ya que si esto no queda claro es difícil resolver
nada. Por ejemplo, si Ana deja el salón revuelto, ese sí
es un problema de todos, porque ese espacio es común, no
suyo y molesta a todos.
En casi todos los conflictos subyace un manejo de poder, ya que
cada una de las partes cree que tiene la mejor forma de solucionarlo
y por ello trata de imponerlo.
El conflicto padres/hijos es un conflicto de
poder.
No es un enfrentamiento paritario. Los padres han empezado a ejercer
su rol justamente tomando todas las decisiones y responsabilidades
sobre sus bebés. Sin embargo, con el tiempo los chicos van
creciendo y a lo largo de este proceso hacia la autonomía
personal se hacen individuos independientes. Estas diferencias suelen
hacerse más evidentes durante la adolescencia. (>>
ir a Desarrollo Psicológico)
Si su manera de gastar el dinero no me gusta, por ejemplo, tendré
que definir bien cuál es mi problema con respecto a su comportamiento
y hablarlo con él.
Habría que intentar:
- Escucharse. Es la actitud fundamental para que el conflicto
no acabe con la simple imposición de una postura sobre
otra.
- Cada parte necesita dar razones a favor y en contra con respecto
al tema objeto de discusión.
- Hay que esforzarse por entender la perspectiva del otro, ponerse
en su lugar en la medida de lo posible.
- Encontrar puntos en común o posibles áreas de
acuerdo, un terreno común sobre el que basar posibles acuerdos.
Existe siempre la posibilidad de que el proceso de solución
se pare en este segundo momento, al darme cuenta de que algo
no es mi problema: “Estábamos
de acuerdo en que te iba a dar estos euros para tus necesidades
del mes. Si has decidido gastarte ese dinero en otras cosas sin
reflexionar mucho, y ahora te has quedado sin perras, es tu problema.
Puedes utilizar tus ahorros o esperar hasta el mes próximo
para volver a tener la paga pactada”. También
puedo fraccionarle la paga por semanas o quincenas si a él
le parece oportuno, elaborar estrategias para enseñarle a
priorizar los gastos importantes para él (no para mí),
etc. A cada padre le dejamos la creatividad de encontrar posibles
soluciones alternativas.
¿Qué
sabemos sobre el tema?
Adquirir información.
Es muy difícil que conozcamos todo sobre la cuestión
que nos preocupa. Si nuestro hijo llega tarde, podremos tener varias
hipótesis sobre la razón de su retraso (desde las
más fantasiosas hasta las más catastróficas),
pero realmente no sabremos qué ha ocurrido hasta que no se
lo preguntemos.
No podemos pretender “saberlo todo”. Aunque la experiencia
de los padres sea mayor que la de sus hijos, es importante preguntarles
y escucharles con actitud abierta.
Es difícil resolver un problema teniendo pocos datos. Es
aconsejable adquirir más información sobre el asunto
que nos interesa, buscando en posibles fuentes alternativas. Esto
nos permitirá dialogar con conocimiento y, además,
nos ayudará a ver y crear más alternativas de las
que inicialmente tengamos.
¿Existen
alternativas?
Generar alternativas.
Generalmente estamos acostumbrados a ver las cosas como “blancas”
o “negras”, es decir, de forma dilemática. En
la realidad, la mayor parte de las personas nos movemos en una infinita
“gama de grises”, que es la vida; pero ante situaciones
de conflicto, tenemos la tendencia a exagerar los extremos: si nuestro
hijo “tira” por un lado, nosotros por supuesto le llevamos
la contraria y viceversa. Este tirar de la cuerda generalmente lleva
a la ruptura, que no suele ser gratificante para nadie. La ruptura
es el final del diálogo y de la posibilidad de solucionar
un conflicto de forma positiva.
En lugar de considerar una cosa como “buena”/“mala”,
o que “se hace”/“no se hace” etc., este
paso del método nos invita a tomar conciencia de que no es
“la cosa en sí” buena o mala, sino que depende
del valor que le atribuimos. Probablemente los sujetos involucrados
valoren el asunto de forma diferente y por ello haya conflicto.
Los conflictos no existen “de por sí”, sino
que existen conflictos de valores: para
mí esto es malo, peligroso o feo, pero para mi hijo no. Por
ello y para llegar a una solución aceptable para todos, será
importante intentar explicitar los valores en juego, sabiendo que
los valores son siempre importantes para quiénes los sostengan.
Entender los valores del otro puede agilizar mucho el proceso de
resolución.
Con esta actitud seremos capaces de generar un mayor número
de alternativas posibles aceptables para ambas partes.
Ha llegado el momento de elegir.
¿Qué
curso de acción elegimos?
Elegir una solución.
Una vez considerados los pro y los contra de cada una de las alternativas
generadas, se puede elegir.
No tiene porqué haber una única solución.
Varias entre ellas pueden ser adecuadas. Dependerá de la
valoración que se haga en relación a sus implicaciones
y sobre todo sus posibles consecuencias. Las soluciones intermedias,
y no las extremas, suelen ser las más adecuadas, pues ninguna
de las partes se verá completamente afectada. No es cuestión
de que alguien gane y el otro pierda, sino de que ambos ganen algo
y crezcan.
Padres e hijos deberán trabajar juntos para pactar y elegir
lo que para ambos es aceptable. La decisión final será
factible y respetada, cuando salvaguarde parte de los valores en
juego del hijo y parte de los de sus padres.
En el proceso de una buena resolución de conflictos no debería
haber “vencedores y vencidos”.
¿Ha sido
una elección acertada?
Actuar y verificar.
Una vez puesta en marcha la solución elegida, habrá
que valorar las consecuencias.
Si el conflicto parece haberse solucionado de forma suficientemente
buena, nos congratularemos por los resultados conseguidos (a veces
nos olvidamos subrayar lo que hacemos correctamente).
En caso contrario, se optará por volver al punto 4 y escoger
otra solución. La clásica expresión de “te
lo había dicho” no sirve de mucho: es importante creer
que existe una solución más adecuada y seguir trabajando
para encontrarla y realizarla.
No hay que olvidar que somos responsables de las consecuencias
de nuestras decisiones y acciones, independientemente de que hayamos
acertado o no.
Cargar con las consecuencias negativas de sus elecciones –
soportables y proporcionadas a la edad del individuo, como puede
ser un fracaso escolar – también ayuda a madurar.
Al final, el proceso resultará más enriquecedor que
el haber encontrado la solución en sí.
Es importante diferenciar conflictos mayores de conflictos menores.
Los pasos descritos hasta ahora se refieren principalmente a situaciones
difíciles con hijos adolescentes. Sin embargo, existen otras
posibilidades de resolución más sencillas, que generalmente
se utilizan con niños más pequeños. He aquí
algunas:
- Cara/cruz: si un hijo quiere ver un programa de televisión
y otro quiere ver otro, a la misma hora, se podrá tirar
a suerte.
- Olvidar: cuando el tema no merece la pena, evitar rizar el rizo
y hacer de cualquier situación un motivo de confrontación.
- Marcharse: tomar tiempo y resolver el problema en otro momento
más oportuno.
- Dar la razón: saber reconocer la propia equivocación
y ser capaces de dar la razón al otro.
- Pedir perdón: enseñar a los niños a pedir
perdón cuando se dan cuenta de que lo han hecho mal. Se
enseña dando ejemplo.
- Reírse: a veces reírse soluciona cosas de forma
sorprendente y relaja mucho tensiones y ambiente. No olvidar el
sentido del humor al educar.

Los conflictos no tienen porqué ser por definición
desagradables. Tener diferentes visiones de una situación
es normal y saludable. Podemos convertir su solución en algo
fructífero. Del conflicto interpersonal se puede aprender
mucho: sobre nosotros mismos, sobre el otro, sobre el mundo exterior
y sobre cómo salir ganando en crecimiento personal y humano.
Esto vale tanto para los padres como para los hijos.
Es importante saber que nosotros mismos, como adultos, tenemos
conductas aprendidas, es decir, a veces interactuamos de la misma
forma en la que nos han enseñado de pequeños, cuando
nosotros éramos los hijos. Tomar conciencia de esto nos permite
manejar mejor nuestro propio inconsciente, que puede expresarse
en determinadas emociones o actitudes que de repente emergen durante
una discusión o una situación de conflicto.
En cada situación conflictiva es necesario encontrar un
cierto equilibrio entre respetar al otro e imponer nuestro poder
de padres. Esto, como ya hemos visto, es posible a través
del diálogo y la creación de soluciones alternativas
que salvaguarden, por lo menos en parte, los valores en juego. Cada
padre y madre deberá de evaluar, en la situación particular,
qué peso dar a factores como:
- La edad del niño.
- Su temperamento y su carácter.
- La importancia del asunto en cuestión.
- El potencial de crecimiento en juego.
Esta sección ha sido elaborada
por Margherita Brusa, pedagoga,
y Concha Bonet Luna, pediatra

|