| Sarampión
- ¿Qué es?
- ¿Qué síntomas provoca?
- ¿Qué complicaciones puede producir?
- ¿Cómo se trata?
- ¿Cómo se puede prevenir?
- ¿Cuándo consultar?
Es una enfermedad infecciosa contagiosa producida por un virus,
que se caracteriza por un sarpullido -exantema en términos
médicos- que comienza en la cara y se va extendiendo hacia
el cuerpo y las extremidades. Se transmite por vía respiratoria,
o sea, a través de los estornudos y la tos. Afecta sobre
todo a niños o adultos jóvenes, aunque, afortunadamente,
desde el comienzo de la vacunación la enfermedad es cada
vez menos frecuente en países como el nuestro.
Después de un periodo variable de tiempo tras el contagio
(de 7 a 14 días), el niño comienza con un cuadro de
catarro con gran afectación, con fiebre elevada, obstrucción
nasal, tos seca y ojos rojos (conjuntivitis), que pueden ir acompañados
de malestar general, dolores musculares, molestias con la luz (fotofobia)
e hinchazón (edema) en los párpados. Unos 3 días
más tarde aparece el sarpullido que se inicia en la cara
y se va extendiendo en los 3 días siguientes hacia el cuerpo
y extremidades, incluidas las palmas de las manos y las plantas
de los pies. Coincidiendo con el inicio del exantema, pueden verse
en la mucosa de la boca una manchas blanquecinas que son muy típicas
de la enfermedad y que pueden ayudar al diagnóstico (manchas
de Koplick) aunque permanecen muy poco tiempo. En unos 4 a 6 días,
el sarpullido va desapareciendo en el mismo sentido en que apareció,
dejando algo de descamación. La recuperación completa
se produce alrededor de los 7-10 días del inicio del exantema.
El diagnóstico debe ser confirmado por un médico,
ya que suele hacerse únicamente por los signos y síntomas
(la clínica) y se necesita algo de experiencia para no confundirlo
con otras enfermedades.
A pesar de que se considera un enfermedad vírica benigna,
el sarampión puede provocar complicaciones incluso en niños
sanos. Las más frecuentes son la otitis media, la diarrea
y la neumonía, pero las más graves, aunque raras,
son las que afectan al sistema nervioso central (cerebro, cerebelo,
etc.) como son la encefalitis que se presenta en las semanas siguientes
al sarampión o la panencefalitis esclerosante subaguda, que
aparece años más tarde.
Si el sarampión afecta a personas que tienen disminuidas
sus defensas (inmunodeprimidas) o están desnutridas (como
en países del tercer mundo), la evolución puede ser
mucho más complicada e incluso, poner en peligro la vida.
En los casos típicos, el tratamiento se realiza en el domicilio
y está dirigido a los síntomas, por lo que se utilizan
antitérmicos para controlar la fiebre (p. ej. paracetamol),
lavados frecuentes de los ojos, luz tenue (antes se ponía
una luz roja en la habitación) y se aconseja ofrecer líquidos
abundantes para prevenir la deshidratación. No se precisan
antibióticos, a no ser que se haya surgido alguna complicación
infecciosa bacteriana como la neumonía, etc.
La mejor prevención es evitar el contagio por lo que, como
los humanos somos el único reservorio del virus, si conseguimos
que los niños no padezcan la enfermedad, el virus desaparecerá,
como ya ha ocurrido con la viruela, otra enfermedad vírica
que está erradicada.
Por el momento, la manera que tenemos de evitar que los niños
padezcan el sarampión es que no entren en contacto con niños
que lo padezcan y sobre todo vacunarlos.
La vacuna del sarampión, aunque
puede emplearse aislada, se suele administrar junto a las vacunas
de otras dos enfermedades víricas, la rubéola y las
paperas (parotiditis), en lo que se conoce como vacuna triple vírica.
Los gérmenes que se introducen en el organismos a través
de la inyección están vivos pero muy atenuados (no
producen la enfermedad) de modo que permiten a los niños
producir defensas (anticuerpos) frente a estás enfermedades,
evitando que puedan padecerlas en el futuro. La vacuna se administra
dentro del calendario vacunal en dos dosis, con la primera a partir
del año de edad, generalmente a los 15 meses, y la segunda
un tiempo después, que puede variar desde los 3-4 años
a los 11-14 años.
La vacuna es eficaz, es decir, evita la enfermedad durante el resto
de la vida en más del 90 % de los niños con la primera
dosis. Con la segunda dosis se consigue proteger a la mayoría
de los que no quedaron protegidos con la primera. Además,
la vacunación evita la aparición de las complicaciones
neurológicas graves.
En algunos casos, puede haber dudas acerca de si un niño
ha padecido alguna de las enfermedades contra las que protege la
vacuna triple vírica. Esto no es muy importante, porque la
recomendación actual es vacunar a los niños con la
"triple vírica" a pesar de haber presentado alguna
de las enfermedades (sarampión, rubéola o paperas).
La vacuna triple vírica, como cualquier medicamento, puede
tener efectos secundarios no deseados que suelen ser leves. Los
más frecuentes son molestias locales en el lugar de la inyección
que aparecen el día de la administración o manifestaciones
generales como fiebre o sarpullido leve (parecido al sarampión)
que pueden aparecer una semana después (entre 5 y 12 días).
Aunque se ha relacionado a esta vacuna con diferentes enfermedades
como autismo, diabetes, enfermedad inflamatoria intestinal, etc.,
no hay ninguna evidencia de tal relación, mientras que si
la hay, como se ha podido comprobar en algunos países, entre
la disminución de las coberturas vacunales (porcentaje de
niños que han sido vacunados del total de los que debían
estarlo) y la aparición de epidemias de sarampión.
Afortunadamente, en España las coberturas vacunales son de
las más altas del mundo.
En países en vías de desarrollo con problemas graves
de malnutrición, la administración preventiva de vitamina
A, al aumentar la inmunidad o capacidad de defenderse de las infecciones,
previene las mortalidad infantil por varias enfermedades infecciosas,
entre ellas el sarampión.
Simplemente si sospecha que su hijo tiene sarampión, para
que su pediatra se lo pueda confirmar.
Si tras el diagnóstico presenta síntomas que no tenía
inicialmente y que puedan ser preocupantes, como dificultad para
respirar o alteración del comportamiento.
Esta sección ha sido elaborada
por Juan Bravo Acuña y Manuel Merino Moína, pediatras,
Centro de Salud El Greco (Getafe), INSALUD-Madrid

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