| Temperamento
y carácter
- Introducción
- Posiciones internalistas (genes)
- Posiciones ambientalistas (ambiente)
- Posiciones interaccionistas (genes + ambiente)
Desde tiempos griegos, se ha barajado la influencia de la genética
y el ambiente en la consolidación de la personalidad. Para
Aristóteles, el hombre sabio debía gozar de una buena
“primera naturaleza” (aquello con lo que se nace, lo
que hoy llamaríamos herencia o genética) y luego trabajar
para desarrollar una buena “segunda naturaleza” (ambiente
y costumbres) y así convertirse por hábito, en un
filósofo, es decir, en un hombre sabio y virtuoso.
La escuelas de psicología y sociología han debatido
intensamente la importancia de los “genes” frente a
la “sociedad” en el proceso de convertirnos en personas
y explicar el comportamiento humano.
La conducta se entiende básicamente determinada por aspectos
propios del individuo, genéticamente determinadas. Lo que
llamaremos “temperamento”, sería la “psique”
condicionada por lo que heredamos de nuestros padres.
Kellogs y Kellogs, criaron a la vez y en condiciones idénticas
(misma habitación, cunas, ropas, pañales, muestras
de afecto, comida, etc.) a su hijo Donald (homo sapiens) y a Gua,
un chimpancé. Durante todo el primer año de vida el
chimpancé dio muestras de predominio sobre el bebé
humano en cuanto a aprendizajes psicomotrices y respuestas emocionales
(andar, comer, vestirse, relacionarse, etc.). Pero con el inicio
de lenguaje, se apreció un claro avance del niño,
que ya no cesó de sobrepasar a Gua en todos los procesos
madurativos. Por muy buen ambiente que tuviese Gua, su potencial
genético le condicionaba las posibilidades. Esto ocurre en
muchos otros aspectos: físico (es igual que su padre), talla
(es bajito como el tío Luis) y por supuesto temperamento
(nervioso, tranquilo, sonriente, etc.). Para algunos autores esto
era inmutable.
Para estas escuelas, lo que el hombre “es “ y “hace”
está condicionado por el entorno social y cultural. Si gemelos
monocigotos (es decir idénticos genéticamente) son
criados en distintos países o con diferentes padres, no se
parecen tanto en su comportamiento como cuando se crían juntos.
La conducta se considera esencialmente aprendida. Dennis (1960)
evaluó a niños internados en diferentes instituciones
de acogida y aunque los niños no diferían mucho entre
sí, sí lo hacían las condiciones de las casas-cuna.
En una de ellas sólo 15% de los niños entre 3-4 años
habían aprendido a caminar y en otra el 94% lo hacía
a esta edad. La carencia de estímulos y afecto (no cogían
a los niños, no había muestras de cariño, sólo
los alimentaban y limpiaban, pasándose solos en sus cunas
la mayor parte del tiempo), condicionó el ritmo madurativo
de los niños de la primera casa-cuna descrita.
Desde esta perspectiva (la más vigente hoy en día)
la conducta se explica en parte por el temperamento (psique heredada)
y en parte por las variables de la situación sociocultural
(esto conformaría un carácter). Como decía
Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia”. La
personalidad sería el carácter, pero con variables
biológicas añadidas como color de piel, ojos, talla,
forma corporal, etc.
Se conoce por diversos estudios que la genética condiciona
el ambiente y el ambiente la genética, permitiendo o no expresar
determinados genes. Así por ejemplo, determinados “oncogenes”
(genes que desarrollan cáncer) pueden o no expresarse según
las condiciones de vida (infecciones, tóxicos, polución,
etc.) y determinados temperamentos condicionan el ambiente, como
demuestran los estudios de “inteligencia emocional”
(si sonrío primero es más fácil que obtenga
una sonrisa del otro, pero si no le miro y gruño, es difícil
que me devuelva una sonrisa). Así los padres no nos comportamos
lo mismo con nuestros hijos y variamos según ellos sean (“Alicia
es timidísima y hay que empujarla, a Luis en cambio hay que
atarle corto porque no se corta un pelo”). El funcionamiento
psicológico supone una continua interacción entre
la conducta y las variables personales y ambientales. Todas están
relacionadas y son interdependientes.
En el primer supuesto (la herencia es determinante), si un niño
“normal” manifestaba una conducta excesivamente violenta
de forma recurrente, se le consideraba como una “personalidad
agresiva”. Esto ha supuesto que durante algunas épocas
se considerase que el “sujeto” era así y no podía
cambiar, por lo que las posturas eran excesivamente deterministas.
La posición ambientalista lo explicaría como resultado
de aprendizaje social (modelos agresivos familiares), considerando
a estos sujetos como “víctimas “ de la sociedad
en la que nacieron y fueron criados. Por último, los interaccionistas
se basarían en variables biológicas (temperamento
más irascible, mayor corpulencia, en ocasiones menos cociente
intelectual) que interaccionarían con un mal aprendizaje
de autocontrol, quizá reforzado por exposición a modelos
sociales significativos violentos (familia, profesores, compañeros,
etc.).
Aunque esto es muy interesante, en la práctica como padres
nos interesa conocer dónde podemos actuar para que nuestros
hijos desarrollen todo su potencial. Está claro que la genética
tiene su papel, pero por ahora no se puede manipular ni elegir a
la carta el temperamento de nuestros hijos. Tampoco conocemos del
todo (ni posiblemente conozcamos nunca) su potencial (ni el nuestro).
Por lo tanto lo único que podemos hacer por ahora, aunque
parezca increíble, no está centrado en los hijos sino
en nosotros y en el ambiente de crianza. Tenemos que trabajarnos
para ser “la mejor versión” de nosotros mismos
y crear el mejor ambiente posible para, de esta forma, conseguir
que nuestros hijos desarrollen todo su potencial. Para ello deberíamos:
- Crear el ambiente más favorable para que nuestros hijos
puedan desarrollarse según su mejor potencial.
- Conocernos mejor nosotros como personas, para ver qué
fortalezas y debilidades tenemos, de forma que nos las trabajemos
para dar ejemplo. Está claro (como veremos en el capítulo
correspondiente) que si carecemos de autoestima (>> ir a
Autoestima) será difícil que se la inculquemos a
nuestro hijo. Tampoco podremos exigir que nuestros hijos nos respeten,
si primero no les respetamos nosotros y si no controlamos nuestra
agresividad no podremos exigir que nuestros hijos no se comporten
violentamente o sean excesivamente asustadizos.
Cualquier pediatra interesado en estos temas y cualquier padre
o madre que se haya preocupado por criar “suficientemente
bien” a sus hijos (como diría Winnicot, un famoso psiquiatra
infantil), sabe que no es fácil. Pero tampoco lo es encontrar
situaciones afectivas parecidas, en las que los adultos tengamos
tantas oportunidades para aprender a desarrollarnos, ayudando a
desarrollarse a otro tan especial, que depende de nosotros y a quien
se quiere tanto.
Esta sección ha sido elaborada
por Concha Bonet Luna, pediatra
y Margherita Brusa, pedagoga

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