Pese a las plenas competencias autonómicas, nuestra
sanidad pública se sigue gestionando más política
que profesionalmente pues la rentabilidad en votos se antepone
a la rentabilidad en salud. Los políticos de cualquier
signo avivan el fuego del “más por menos”
entre los ciudadanos manteniéndoles inconscientes de
que, cuando los recursos son limitados, no se puede tener
“todo para todos gratis y de máxima calidad”
y que, por ello, se deben priorizar las prestaciones. En caso
contrario, los riesgos de inequidad (“todo no llega
a todos”) y el de mal servicio (“no todo de máxima
calidad”) se hacen realidad. Y es que la sanidad se
sigue utilizando como arma arrojadiza en la refriega partidista
de bajo y alto nivel lo que impide un abordaje riguroso de
los problemas (véase el espectáculo del Consejo
Interterritorial durante los últimos años y
el del actual “debate” sobre el “déficit
sanitario”). Mucho se habla estos días de “déficit
sanitario”. Parece que las Comunidades Autónomas
no alcanzan a financiar su sanidad y reclaman, por ello, más
fondos al Estado. Pero una cuestión planea sobre este
asunto: ¿destina España los recursos adecuados
a sanidad?. Es decir, ese “déficit sanitario”
¿se sustenta cuando comparamos el gasto sanitario español
con el de los países europeos desarrollados teniendo
en cuenta el nivel de renta?. En dólares ajustados
por paridad de poder de compra ($PPC), y según la OCDE,
el gasto sanitario total español es, desde 2000, inferior
al de Portugal y Grecia. Esta primera y simple aproximación
no sugiere que gastemos en sanidad lo que nos corresponde
por renta.
Más de 25 años gastando
poco en sanidad pública
Según la OCDE, en 2002 nuestra renta per cápita
alcanzó el 78% del promedio de la UE-15 pero nuestro
gasto sanitario público llegó al 67% de la media.
Respecto a la Europa comunitaria, ese año gastamos
en sanidad pública 11 puntos por debajo de nuestra
renta. Respecto al grupo de los 22 países europeos
de la OCDE la diferencia fue de 13 puntos. Comparados, pues,
con la Europa desarrollada llevamos, al menos, más
de un cuarto de siglo gastando en sanidad pública entre
7 y 16 puntos por debajo de lo que nos hubiera permitido nuestra
renta. No es extraño, pues, oír hablar de “déficit
sanitario”.
Sobrepeso del gasto privado sanitario
respecto a Europa
Además, nuestro gasto sanitario público respecto
al total sanitario (público y privado) es inferior
a los promedios europeos (en 2003, 71% para España,
75% para la UE-15 y 76% para Europa OCDE-22). Este sobrepeso
del gasto sanitario privado español respecto a Europa
se detecta importante desde principios de los 90. Por otro
lado, en 2002, nuestro gasto sanitario privado per cápita
en $PPC fue 8 puntos superior a nuestra renta comparada España
con la UE-15, y 7 puntos superior al compararnos con la Europa
de la OCDE. En relación con la Europa desarrollada,
nuestro gasto sanitario privado per cápita supera a
nuestra renta desde hace más de 10 años. Por
lo tanto, el español medio, para su nivel de renta,
hace un esfuerzo mayor en gasto sanitario privado que el europeo
medio. Especialmente en gasto privado ambulatorio, que se
sitúa muy por encima de la media europea. Sin embargo,
el gasto hospitalario privado español es muy inferior
al promedio europeo. ¿Por qué ocurre esto? Veamos.
El “déficit sanitario”
no afecta por igual a toda nuestra sanidad pública
Cuando desagregamos el gasto sanitario público en sus
tres grandes componentes (hospital, fármacos y atención
ambulatoria) vemos que, comparados con Europa, 1/ nuestro
gasto hospitalario público per cápita se ajusta
a nuestro nivel de renta desde 1995, 2/ nuestro gasto farmacéutico
público per cápita supera entre 30 y 20 puntos
nuestro nivel de renta desde hace más de 20 años,
y 3/ nuestro gasto sanitario ambulatorio público es,
desde 1985, inferior entre 20 y 35 puntos a nuestro nivel
de renta. La parte ambulatoria de nuestra sanidad, nuestra
atención primaria, es el único sector del sistema
que se presupuesta, en relación con Europa, muy por
debajo de nuestro nivel de renta. Pero eso no es todo. En
términos de gasto sobre el PIB, los tres componentes
muestran un comportamiento bien distinto: 1/nuestro gasto
hospitalario público se encuentra en la media europea
desde principios de los 90, 2/nuestro gasto público
en medicamentos supera entre 35 y 20 puntos el promedio europeo
desde 1990, y 3/ nuestro gasto público en atención
ambulatoria no ha hecho otra cosa que descender respecto a
Europa desde 1985, situándose entre 25 y 45 puntos
por debajo.
Centros de salud con mucho discurso
político y sustrato legislativo pero con poco dinero
A principios de los 80 se inició en España la
llamada “reforma de la atención primaria”.
En 1984 se publica el Real Decreto de Estructuras Básicas
de Salud, punto de arranque de la reforma. Por entonces, y
sin que falten motivos para ello, a nuestra atención
ambulatoria se la quiere reformar para mejorarla, dignificarla
y alinear el servicio con las expectativas de los ciudadanos.
Y empiezan a crearse centros de salud. La Declaración
de la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria
de Salud (OMS-UNICEF) celebrada en Alma-Ata en 1978 inspira
parcialmente el discurso. Tan es así, que a esos centros
de salud se les pretende convertir en “el eje del sistema
sanitario”. En 1978 se crea la especialidad de Medicina
Familiar y Comunitaria, la que deberán tener los médicos
que trabajen en los futuros centros de salud junto con los
pediatras. Al nuevo médico de familia también
se le quiere transformar en “figura fundamental”
del sistema. Estos eran los propósitos. El discurso
político, inspirado en Alma-Ata, se traslada al sustrato
legislativo que impulsa la reforma, y que la Ley General de
Sanidad de 1986 vendría luego a confirmar. El papel
central de la atención primaria también se manifiesta
más recientemente en la Ley de Cohesión y Calidad
de 2003, que afirma que la atención primaria “garantiza
la globalidad y continuidad de la atención a lo largo
de toda la vida del paciente, actuando como gestor y coordinador
de casos y regulador de flujos”. Una reforma como la
de 1984 necesitaba no sólo discurso político
y sustrato legal, también necesitaba dinero. Unos propósitos
como los declarados entonces y ahora explicarían, en
buena lógica, que nuestro ámbito sanitario ambulatorio
público se hubiera aproximado, desde la perspectiva
de los recursos comprometidos, al promedio de los países
europeos más desarrollados, precisamente desde el inicio
de la reforma o durante los años siguientes. Pero la
realidad, como vemos, ha sido bien distinta.
El “déficit sanitario”
económico de nuestros centros de salud, una decisión
política.
El “déficit sanitario” económico
español respecto a Europa se ha cebado casi exclusivamente
en nuestra atención primaria. Su abandono presupuestario
es patente: la parte ambulatoria del gasto sanitario público
(20,4% en 1985) se ha reducido y lleva estancada desde los
primeros 90 en un más que insuficiente 15%. Teniendo
en cuenta los propósitos de la reforma de 1984 sorprende
que la misma haya sido insuficiente para aproximar, lo más
mínimo, nuestro gasto ambulatorio público al
promedio europeo. Seguimos con el mismo retraso respecto a
Europa que en 1984 (en términos per cápita).
Con mayor retraso, para nuestra desesperación, si comparamos
con Europa nuestro gasto ambulatorio público como parte
del PIB o como parte del gasto sanitario público. Esta
distribución de fondos en nuestra sanidad pública
no es por azar, sino la expresión de una firme decisión
política, tan firme como equivocada, mantenida por
los diferentes gobiernos (estatales y regionales) desde 1984
hasta hoy. Esta decisión política prefiere la
atención especializada a la primaria. Los discursos
políticos reiteradamente proclamados al viento electoral
durante las dos últimas décadas anunciaban una
reforma (la de la primaria) pero, finalmente, los presupuestos
han desvelado su verdad: la reforma real, la que cuenta y
suena, se ha producido en otras partes del sistema. El gasto
hospitalario y el farmacéutico públicos son
“europeos” desde la perspectiva presupuestaria.
Sin embargo, desde esta misma perspectiva, y comparada con
Europa, a nuestra atención primaria se le detuvo el
tiempo en 1984. Una decisión política producto
de una visión equivocada de lo que debe ser un sistema
sanitario efectivo, eficiente, equitativo y humano. Sin una
buena y potente atención primaria no es posible una
sanidad así. Los políticos se centran más
en la enfermedad y curación que en la salud y prevención:
vende más un trasplante cardiaco que la prevención
de un infarto, es más llamativo y vistoso sofocar un
incendio que evitarlo. Y así nos va con los incendios
y con los infartos.
Otros “déficits sanitarios”
en nuestros centros de salud
No queremos terminar sin señalar otros dos “déficits
sanitarios” de nuestra atención primaria: el
profesional y el organizativo. El profesional, responsable
de la sangría migratoria de médicos de atención
primaria que marchan a otros países europeos donde
encuentran lo que aquí no: trabajo estable y reconocimiento
social y económico. Estamos todavía lejos de
tener, como recomiendan los expertos, un 50% de los médicos
de la sanidad pública trabajando en los centros de
salud. A pesar de ello, nuestros profesionales, especialistas
cualificados, literalmente emigran porque aquí no se
les contrata. El organizativo, responsable (junto con el “déficit”
económico y profesional) de la cada vez mayor desesperanza
instalada entre los profesionales. La función organizativa,
a pesar del mandato legal, no ha sido capaz de situar la atención
primaria como “eje del sistema sanitario” ni al
médico de familia como su “figura fundamental”.
Por ello, no tenemos una atención primaria que, como
manda la ley, garantice “la globalidad y continuidad
de la atención a lo largo de toda la vida del paciente,
actuando como gestor y coordinador de casos y regulador de
flujos”. Pensamos que tenemos una atención primaria
que vale mucho más que lo que cuesta y podría
valer mucho más. Por ello, los médicos generales,
de familia y pediatras de los centros de salud nos unimos
para exigir que se cumpla la ley respecto al papel central
de la atención primaria dentro de nuestra sanidad y
se inyecten suficientes recursos a los centros de salud. Quizá,
una cosa no sea posible sin la otra.
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* Forman parte de la Plataforma 10 minutos las principales
organizaciones profesionales y científicas del sector.
Suscriben este artículo las siguientes organizaciones
que representan a la práctica totalidad de los médicos
de los centros de salud de España: la SEMG, la SEMFYC,
la SEMERGEN, la SEPEAP, la AEPAP, la REAP, la FADSP, el Equipo
CESCA, el Instituto @p.COM, la USCAL y la CLI.

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